sábado, 29 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #6

Sábado.

Hoy es la despedida. Siento que no tengo nada más que escribirte, y que tengo que dejar de hacerlo para poder soltar. Para poder seguir sin saber qué me deparará el destino. ¿Nos volverá a juntar? No lo sé, pero tampoco lo espero. Si lo hace será por algo y sino me quedaré solo con lo bueno.
Ya no quiero pensar en todo lo que no dije y que jamás entenderás. No quiero pensar en como me quedo o te quedarás tú. Quizá lo sepas, quizá algún día vuelva a tu mente y te des cuenta y tal vez también me pase a mí. Mientras tanto... seguiré. Porque es lo que se hace con las vidas.

Qué ganas de un comienzo.
Por si no te vuelvo a ver... goodbye, my almost lover.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #5

Lunes.

Esta noche es Nochebuena. No te miento si te digo que no sé cómo he llegado hasta aquí. Desde ese momento los días han pasado sin darme cuenta, deprisa aunque despacio y sin saber muy bien lo que hacía. Intentaba distraerme, en eso me han ayudado mucho. Pero al final del día, cuando se acababan las risas y me quedaba sola... volvían a acecharme los porqués. Lo peor siempre son las mañanas, levantarse y tener que afrontar un día entero sin saber qué me deparará... sin tú estar cerca... me sigue pareciendo insoportable. Algún día esa sensación se irá. Me pararé y asumiré que esta vida no estaba hecha para que nos uniéramos. Asumiré que aunque te quiera con toda mi alma, nunca lo hubiéramos podido conseguir. Quería y quiero seguir luchando pero... crecer es darse cuenta que hay que soltar los imposibles por más que duelan. Y cuando llegó ese punto en que lo vi tan imposible que me atravesó el corazón, tuve que soltar. Que soltarte.
Si llega el día en que salvemos las diferencias, ya nunca lo sabremos.
Mientras tanto, mañana, tengo que hacer frente a otro amanecer más aunque cueste.
Aunque ya no estés.
Aunque sea Navidad.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #4

Sábado.

Han pasado varios días desde que te escribí. Y no es que haya dejado de pensarte ni uno solo de ellos, solo he intentado sobrevivir. Me afano por distraerme, por no pensar, por tener algo en que ocupar las largas horas que componen mis días. Han cambiado muchas cosas, pero tú no lo sabes y lo que más duele es que tampoco lo sabrás.
La vida continúa y tengo que aferrarme a ese pensamiento como una balsa, que me lleve a cualquier sitio que no sea darle vueltas a todo. A los porqué que hoy quedan sin respuesta. A todas las cosas que quise decirte y de las que nunca te diste cuenta. A todas las cosas de las que tengo que darme cuenta yo.

Puede que hoy duela pero... el tiempo hace crecer nueva piel sobre la herida, y tanto tú como yo sanaremos algún día. Será entonces cuando una parte de mí se alegre si consigues ser feliz con alguien que de verdad te entienda y te acepte como eres. Con alguien que reciba bien lo que le das y te quiera como mereces. La otra parte de mí se preguntará si te querrá tanto como yo te quise, si se levantará temprano para prepararte un desayuno rico antes de salir a dar una vuelta por ahí o pasará meses planeando el mejor regalo para darte. ¿Te acurrucará entre sus brazos por la noche? ¿Tarareará una melodía para ti antes de dormir sin darse cuenta? ¿Llorará de felicidad cuando posas tus ojos en los suyos? Ya no tendrá sentido querer saber la respuesta, pero a veces, algunos días de mi vida, me acordaré y querré saberlo. Y seguiré viajando ya sin ti a mi lado, como un fantasma que aparece de vez en cuando. Como si notara una presencia tras de mí y al dar la vuelta no haya nada.

Seguiré caminando, la balsa seguirá navegando conmigo mar adentro sin poder evitarlo. La vida pasa sin que nos demos cuenta y así me sucederá. Pero sé que en algunos momentos volverás. Como una ráfaga de viento, fresca aunque fugaz. En forma de lugar, de olor, de objeto... Y te quedarás en mi mente un rato: quizá dulce, quizá amargo. Pero ahí estarás.

Nunca te irás del todo.
¿Acaso querría que lo hicieras?

martes, 18 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #3

Martes.

Me intento mantener ocupada como puedo. La pesada rutina del día a día ahora es mi único refugio y la abrazo con ganas hasta que termina y vuelvo a sentir el peso de la soledad sobre mis hombros. A veces encuentro la calma: en un paseo, un café o una película de ficción. Otras veces la tristeza por fin me alcanza y todo me pesa: mi casa, aún desordenada, el tiempo frío y de color gris, y esta ciudad que se me hace más y más grande por momentos. Los días que consigo retener las lágrimas, es porque me he forzado a apagar mi mente, que me lanza ráfagas de oscuridad. Los días que no puedo retenerlas dejo que rueden y me empañen los ojos. Entonces me acuerdo de ciertas palabras que me quitaron las ganas de todo. Me dejo caer pensando en que algún día acabará y volverá la calma. Ya sabes, siempre pasa eso con las tormentas.
Lo veo todo negro. A veces gris, pero nunca el color. Ese te lo llevaste contigo. Y lo peor de todo es que me quedó tanto por decirte, tanto porque me dijeras. Dentro de mí solo queda la rabia del querer que todo hubiera sido diferente.

Incluso yo.






lunes, 17 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #2

Lunes

Anoche volví a soñar contigo. Intercambiábamos palabras, miradas, pequeños detalles como todo este tiempo atrás hemos estado haciendo. Creo que te decía que tenía que contarte muchas cosas. Y esa es la verdad, tengo muchas cosas que contarte. Hay muchos capítulos que se han quedado sin leer. Muchas aventuras por el camino. Pero, ¿sabes? creo que realmente había que ser muy valiente para acabar esta historia. Dejar muchas cosas atrás y el riesgo de poder perderlas. No todo el mundo está dispuesto a ello. No estaba dispuesta a ello.
Ojalá todo fuera de otra manera. Ahora, en este instante. Hay partes de mí que solo existen cuando estoy contigo.

Pero esto es lo único que me queda, la posibilidad de verte cuando cierro los ojos y seguir echándote de menos cuando vuelvo a abrirlos.


domingo, 16 de diciembre de 2018

Casi todo lo que tienes que saber #1

Domingo.

Hoy he tenido que salir a respirar. Me asfixiaban mis cuatro pequeñas paredes blancas, que parecían cernirse sobre mí como ese baúl del que tiene que escapar el mago. Me puse los cascos, una canción que repetí mil veces, y escapé en autobús rumbo a ninguna parte. La tarde de Madrid era tan gris como mis ojos.
Y ahí estaba yo, acordándome de ti, como casi siempre que salgo. Como casi siempre que abro los ojos cuando despierto. Me acordaba de una mirada, un beso, tus manos sobre las mías cuando nos rozaba el frío del invierno. Entré en una librería que acaban de volver a abrir en el centro. Yo como siempre perdida entre cómics que resultaban no ser independientes y libros de relatos que se pasan de intensos. Pero yo misma lo soy. Así que cogí uno y no pude soltarlo. El autor le hablaba a alguien igual que yo te hablaría a ti. Los mismos sentimientos. Las mismas situaciones. Las mismas... despedidas. ¿Lo habrá sentido de verdad? ¿Le habrá pasado lo que nos pasó? ¿Eso debería hacerle sentir afortunado o desgraciado? Ojalá pudiera preguntárselo. Ojalá pudiera preguntarle cómo se siente y cómo se escapa de todo esto. Cómo se soluciona. Cómo se puede desandar lo andado y poner las cartas sobre la mesa. Cómo es que los momentos se vuelven recuerdos y pasamos de un presente a un pasado con igual fugacidad.

No me atrevería a hablarte y decirte que te echo de menos. No soy capaz de ignorar a mi agrietado corazón pero tampoco la evidencia de que me muero porque todo sea diferente. Porque pudiéramos unirnos sin todos los problemas y los lastres. ¿Pudimos llegar a eso? ¿Estaba en no querer o no poder? Me atormentan las preguntas sin respuesta tanto como saber que no volveré a tener un abrazo tuyo.

Duele. Pero no puedo dejar de escribir. No puedo dejar de contarte, sin que lo sepas, casi todo lo que tienes que saber.

martes, 4 de diciembre de 2018

El recuerdo de la guerra...

ANTES DE LA GUERRA

—Mierda, mierda, mierda.
—¿Aún nos siguen?—preguntó.
—Tienen localizadores, no vamos a poder darles esquinazo—contesté—no pueden hacernos esto. ¡No pueden hacerte esto!
—Quizá lo mejor sea rendirse.
—No puedes estar diciéndolo en serio.
El sonido de las sirenas de fondo, era la peor banda sonora para un momento como este. Las luces de las farolas se entremezclaban con las de los focos que nos andaban buscando. Que le andaban buscando. Me paré frente a él, mirándole como intentando comprender que se le pasaba por la mente. Como si mis ojos vieran a través de sus pensamientos. Pero no lograba entender nada.
—Me encontrarán—sentenció—tu misma lo has dicho, tienen localizadores. No se puede escapar de eso. No duraríamos ni dos días sin que nos dieran caza, así que será mejor aceptarlo y aprovechar este tiempo para despedirnos como es debido.
—¡Venga ya, Ded! No puedo creer lo que escucho. ¿Vas a entregarte sin más?
—¿Y qué otra opción me queda, Sally? ¿Pelear? Son más numerosos y tienen armas. No me matarán porque... me necesitan, pero sí que me castigarán y otro tanto harán contigo. Y no voy a pasar por lo segundo.
Las lágrimas que se habían agolpado en mis ojos, no me dejaban verle con claridad, pero tampoco quería derramarlas. Esos imbéciles no merecían que llorara por esto. Pero era injusto.

Ciudad Nueva se preparaba para una inminente guerra contra Alta Región, otro de los grandes territorios que había en Nuevo Mundo. Como no había suficientes voluntarios el gobierno decretó que obligarían a los hombres mayores de edad a alistarse en el ejército. Sin embargo los soldados, además de inexpertos eran débiles. Sus corazones y sus pensamientos quedaban atrás junto a sus familias, sus hijos, sus parejas... El gobierno estaba desesperado. Esos soldados no eran aptos para luchar y Alta Región conseguiría ganarnos terreno. Por eso, gracias a la alta tecnología que siempre había caracterizado a nuestra ciudad, lograron idear un dispositivo que arrancara de los nuevos soldados todo sentimiento. Se olvidaban de sus familias, de sus hijos, de sus parejas... en su corazón ya no quedaba espacio para nada más que no fuera luchar en la guerra. Todo rastro de amor desaparecía para dejar paso a un implacable ser capaz de quitar una vida sin mirar atrás. Habían inventado la fórmula para dejar de sentir. Para dejar de amar.

Y eso querían hacer en ese momento con mi novio: borrar de su corazón todo rastro de mí.


DESPUÉS DE LA GUERRA

Cada vez que paso por delante de tu casa, siento una punzada de dolor. A veces siento el deseo de llamar al timbre y esperar a que bajes, para dar una vuelta por el parque de siempre. Aquel que tiene un árbol de hojas rojas y ramas torcidas bajo el que nos besamos por primera vez. Ahora ese árbol ya no está pero… han plantado otros en su lugar.
Me miro las manos. Ya no me muerdo las uñas. También me he dejado crecer el pelo y ahora cae sobre mis hombros rebelde e indomable. Como era yo. Ahora ya no queda nada de eso. Me paseo por la ciudad como alguien a quién le han colgado una piedra enorme a la espalda. Llevo el peso de toda la desgracia que posaron sobre nosotros. Perdimos tanto el tiempo pensando que lo detendríamos para siempre... y aquí estoy, recordándote a cada segundo como si no pudiera sacarte de mi mente. Y no puedo. Sin embargo tú eres afortunado... ya no te acuerdas de mí.


ANTES DE LA GUERRA.

—Te he escrito dos veces por el Geolocalizador pero... no me has respondido.
—Lo siento—su voz sonaba distante al teléfono—he estado ocupado.
—Lo entiendo, pero si no hacemos el esfuerzo... mira, dentro de dos semanas te llevan al Puesto de Mando. Estarás seis meses de instrucción y no podré verte y... y luego te irás...
El sonido de las sirenas acalló mi voz y lo agradecí. Se me habían quebrado las palabras. Quería llorar pero no debía.
—Estás sacándolo todo de quicio.
Sentí dolor con aquella frase, pero no se lo dije.
—¿Ded? ¿Te estás escuchando? Esa maldita cosa ya te está haciendo efecto... ¡no eres tú!
No hubo respuesta.
—Ded… mañana... es mi cumpleaños. ¿Podrías volver a la normalidad un segundo? Desde que esos idiotas del gobierno te capturaron y te reclutaron y... y te dieron lo que sea que te hayan dado... no eres el mismo. No hemos tenido ni un segundo para nosotros... para despedirnos.
—¿Mañana?
—… mañana.
La pregunta había terminado de romper mi magullado corazón. Él ya no estaba. Había estado rehuyéndome y yo había estado tratando de luchar hasta el final, de quedarme. Pero nada quedaba de sí mismo dentro de él. Acabaron con sus sentimientos. Y conmigo dentro de ellos.


DESPUÉS DE LA GUERRA

Sigo caminando mientras te abrazo en mis pensamientos. ¿Dónde estarás ahora que ha acabado la guerra? Los daños que el dispositivo hizo en todos los soldados que el gobierno reclutó para la guerra eran irreversibles. Tú ya no sabes quién soy. Al principio te mostraste frío y distante, pero antes de que te llevaran al Puesto de Mando para tu instrucción, ya no me recordabas en absoluto. ¿A dónde te han llevado ahora? ¿Vives en una nueva ciudad? ¿Tienes nuevos amigos? ¿Puedes continuar con tu vida normal? ¿Te cuerdas de mí? ¿Sigues... vivo?


ANTES DE LA GUERRA

—Por favor, por favor, por favor... tienes que recordarme—supliqué contra el cuello de su camisa. Él se mantenía inmóvil.
En otros tiempos me hubiera abrazado, hubiera secado mis lágrimas. Ojalá pudiera decir que nunca fui importante para él y que en realidad no me quería. Sería mucho más fácil que estar aferrada a él implorando que vuelva en sí. Pero nunca fue así. Se lo hicieron. Y por más que le grite... no volverá en sí mismo. El efecto del dispositivo ha cumplido su misión: es un soldado sin sentimiento alguno.
Las sirenas sonaron de pronto, el signo de que una nueva tanda de misiles provenientes de Alta Región estaban dispuestos a bombardearnos. Todo ciudadano tenía que estar en una Zona de Contención en menos de tres minutos, los soldados, por su parte, tenían que presentarse en el Campamento más cercano o bien buscar a una cuadrilla para ayudar a guiar a los ciudadanos. Pero yo no podía moverme. Quería quedarme con él. No podía dejarle marchar.
—Por favor... S... Sally. Debes ir a la Zona de Contención con el resto de civiles.
Su voz era fría como el hielo.
—¡Me niego! No puedo creer que ya no... sientas nada por mí. ¿De verdad ha surtido efecto en ti lo que sea que te hayan dado? ¡Vuelve de una vez!
Le cogí del cuello de la camisa y le zarandeé levemente. Apenas le moví del sitio, pero noté en su rostro una expresión de sorpresa.
—No quiero tener que usar la fuerza, ve a la Zona de Contención.
Esta vez su voz fue como una fría losa cayendo sobre mi pecho y hundiéndolo.
—¡NO!
Me acerqué a él desesperada. Las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese momento, saltaron por fin y recorrieron mis mejillas como un río embravecido.
—Bésame...—le pedí.
No reaccionó. Se quedó mirándome impertérrito.
—Bésame...—volví a suplicar.
Y esa vez me acerqué a él. Pegué mis labios contra los suyos esperando algún tipo de movimiento que no llegaba. Entonces moví los labios para arrancarle un beso... y me apartó.
—Por favor, ciudadana, vaya a la Zona de Contención inmediatamente.
La frase me rompió por completo. Ya no me reconocía en absoluto.
Solo era una ciudadana. Solo era un número para él. Un civil. Una desconocida.
Nadie, a pesar de que él para mí lo era todo.


DESPUÉS DE LA GUERRA

Aún recuerdo aquel día. Fue el último día que te volví a ver. Llegué con el corazón roto a la Zona de Contención justo antes de que cayera el primer misil que impactó de lleno en el centro de Ciudad Nueva. Ese día murieron 12 civiles y unos cuantos soldados. El ejército de Alta Región llegó después. Todos vosotros luchasteis contra ellos, con armas o cuerpo a cuerpo. Pero atrapados en aquel lugar los civiles a penas pudimos ver nada. Nunca llegué a saber si saliste ileso... o te perdí aquel día. En realidad te perdí mucho antes, pero quiero creer que si hoy te encontrara, ya después de haber vencido en la guerra, te acordarías de mí... aunque no sirviera de nada.

***

—¿Ya estás lista?
—¡Ajá!
—Guau, qué guapa te has puesto... He estado esperando todo el día para poder verte. Me moría de ganas...
Me besa en la sien. Siempre lo hace. Y por un momento te olvido y me siento en casa.
—¿A dónde quieres ir?—le pregunto sonriendo.
—¿Qué te parece al Tate's? Hoy hay una oferta de dos por uno en pizza pepperoni.
—Tú y tu pasión por las pizzas. ¿Qué pasa? ¿En Mando Gris no existían o qué?
—No te burles.—se rasca la cabeza y pone esa expresión que siempre me ablanda—Existían, pero apenas podíamos probarlas. Teníamos que prepararnos por si... nuestra región también entraba en guerra.
—Pero nunca os hicieron...
—¿El qué?
—Nada. No importa.
Me encojo de hombros. No quiero saber si en la ciudad de la que viene Hang, también les hicieron lo mismo que a ti. Si también le insertaron un dispositivo que le arrancara los sentimientos. Si también tuvo que olvidar a alguien. Si también... alguien le está recordando ahora mismo, como yo te recuerdo a ti, aunque ya no te tenga.

Siempre vas a estar en mi mente. No podrás odiarme por haber seguido con mi vida. De no haberlo hecho, yo no habría ganado mi propia guerra.


















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