domingo, 18 de septiembre de 2016

Lluvia

Las calles mojadas de la ciudad me devolvieron el recuerdo de la última tarde que nos vimos. Llovía, igual que hoy, y hacía un frío que calaba los huesos. Nuestro humor era tan gris como el color de las nubes y lo que crecía en nuestro interior quería estallar igual que la tormenta. 
Mi corazón, cansado, anticipaba el momento de soltarse por fin del tuyo y tú no imaginabas lo que estaba apunto de decir. ¿De verdad no podías saber qué estaba apunto de pasar? ¿De verdad nunca te diste cuenta del dolor que me provocabas? Ni yo misma me creo todo lo que había aguantado.

No puedo verte ahora.
No puedo verte ahora.

La música sonaba en el reproductor, triste como el cielo encapotado. Estaba más que decidida. Pese a amarte con cada fibra de mi ser, una parte de mí estaba tan cansada como el pájaro que precario se sostenía de las ramas mojadas de los árboles. Incapaz de volver a volar bajo tus alas.

No puedo verte ahora.

Nunca te diste cuenta de mis llantos, de mis lágrimas camufladas bajo las gotas de lluvia. Y aunque yo no dejaba de gritártelo, mi voz era acallada por el sonido de los truenos. Nunca creíste que eran ciertas todas esas señales, que de verdad me ahogaba bajo la tormenta, y dejaste que las nubes grises me cubrieran. Y ahora, ¿quién será tu abrigo en el invierno? ¿Quién podrá escucharte bajo la tormenta? ¿Quién, de verdad, será quién te llene de besos bajo las hojas de otoño? Las respuestas tendrás que buscarlas tú, pues mi corazón se ha parado y ya no le interesa. 

No puedo verte ahora.

Te esperé durante varios minutos, a sabiendas de que llegarías tarde a la cita. Siempre llegabas tarde a lo que te dictaba mi corazón y fue lo que empezó a apagarlo. A cansarlo. A dejarlo morir por ti. Todo lo que siempre quise darte quedó en un lado de la zanja que le habías construido, y mis flechas de cariño ya no te alcanzaban. Ahora solo eran dardos que, débiles, ya no llegaban a la diana. Si tan solo te hubieras esforzado por tocar con tus dedos los míos. Solo un poco, un poco más.

No puedo verte ahora.
No puedo verte ahora.

Me pesa el corazón, igual que lo hacen los párpados. Solo quiero dormir tras secarme de la lluvia y despertar al amparo de un aire nuevo. Necesito descansar, volver a volar cuando se sequen mis alas. Pero no siento decirte adiós, igual que tú no sentirás mi ausencia. Vuela cuando descampe.

Cuando te dije adiós, la lluvia tapó tus lágrimas y fue cuando lo entendiste. Siempre llegaste tarde y mi corazón no respondió a tu última llamada. Cuando te dije que te quise, se paró por completo.

No puedo verte más.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Encuentro (1)

Terracota: ¿Cuál es tu color favorito?
HadaGris: Hola, ¿qué tal?, ¿verdad que hace un bonito día?
Terracota: Hola, bien, sí. ¿Cuál es tu color favorito?
HadaGris: ¿A qué viene esta pregunta? ¿No soléis saludar por tu ciudad o qué...?
Terracota: Me gustaría saberlo. Es algo que me interesa, y suelo preocuparme más por lo que me interesa que por las cosas nimias.
HadaGris: El verde. ¿Y el tuyo?
Terracota: ¿Realmente te interesa saberlo o es una pregunta de rigor?
HadaGris: Me interesa.
Terracota: El amarillo.
HadaGris: No hay muchas personas a la que les guste ese color.
Terracota: Ya conoces a otra más. ¿En tu ciudad hay muchas cosas de color amarillo?
HadaGris: No. El color de mi ciudad es el gris.
Terracota: Vaya.
HadaGris: ¿Noto cierta decepción?
Terracota: Es evidente. El día del Encuentro será en tu ciudad, y me hubiera gustado ver algo de color amarillo. Me da seguridad.
HadaGris: ¿Temes el día del Encuentro?
Terracota: Quizá. ¿Y tú?
HadaGris: Teniendo en cuenta que será el único día que nos veamos en la vida... sí.
Terracota: ¿Y se te ha ocurrido cómo aprovechar ese día?
HadaGris: Nada especial. Lo único que me pregunto es porqué nos hacen esto.
Terracota: ¿Te refieres a por qué dejan que nos conozcamos, nos enamoremos y solo nos dejan vernos una sola vez? ¿A por qué solo vamos a poder hablar por chat toda nuestra vida?
HadaGris: Exacto.
Terracota: Bueno, ya lo explican en las lecciones de historia. Verse es lo que impide que la gente sea productiva. Los estudios certificaron que los lazos entre dos personas se equilibran si se mantienen a distancia y que los engranajes de nuestra sociedad actual funcionan mejor sin las relaciones de parejas en el plano físico.
HadaGris: Creo que es al revés. Una persona enamorada sufre si está lejos de quién ama, ¿no provocaría eso ser menos productivo?
Terracota: Lo dicho, al final te acostumbras y todo se equilibra.
HadaGris: No estoy de acuerdo. Nunca me acostumbraría a no tener cerca a quién quiero, ni yo ni nadie. Eso solo provoca tristezas, frustraciones y un desbarajuste suficiente como para desequilibrar todo y no al revés. ¿Qué me dices del deseo?
Terracota: ¿El deseo?
HadaGris: Sí. Las ganas de mantener contacto físico con tu pareja. Es obvio que necesitas de ese contacto, necesitas besar, abrazar... sentir. ¿Cómo pretenden que la sociedad vaya a derechas si la gente se frustra por no poder tocarse?
Terracota: La sociedad no va a derechas, pretenden que así sea. Al final no nos queda otra que acostumbrarnos. ¿Habrá frustraciones? Sí. ¿Habrá sufrimiento? Puede. Si la sociedad solo nos deja un día para estar juntos físicamente desde hace tantos años... será por una razón. Una razón con mucho peso.
HadaGris: ¿Qué razón?
Terracota: Pues que es mucho peor hacerlo de otro modo.




* * *

Terracota: ¿Estás despierta?
HadaGris: No.
Terracota:...
HadaGris: ¿Qué quieres?
Terracota: Estos últimos días has estado muy distante. ¿He hecho algo que te haya incomodado?
HadaGris: No. Pero no quiero encariñarme contigo.
Terracota: Se supone que la finalidad es esa: que te encariñes conmigo. Vamos, que nos enamoremos. Ya sabes en qué consisten las Pruebas de Selección, el Proceso y el Emparejamiento. Eso lo has estudiado, ¿no? Pues bien, cíñete al plan. Ahora estamos en la fase "el Cortejo" y sabes que...
HadaGris:... tenemos que conocernos y enamorarnos.
Terracota: Exacto. Bueno, al menos intentarlo.
HadaGris: ¿Y si no nos enamoramos?
Terracota: Quedaríamos Inservibles. Tú y yo. Así que nos desecharían. Desconectarían nuestros terminales y nos llevarían a... donde quiera que se lleven a la gente que no les sirve.
HadaGris: ¿los matan?
Terracota: No lo sé. Y la verdad, dejaría de hablar de estas cosas aquí. La Sociedad suele rastrear algunas conversaciones para detectar posibles rebeldes. Si ven algo raro en nosotros... despídete.
HadaGris: Odio esto. ¡Y me da igual si me están leyendo! ¿Qué clase de gente vive su vida a través de una pantalla? ¡Nunca he tocado a una amiga! ¡Jamás he escuchado la voz de mi mejor amigo! Soy una maldita máquina en realidad...
Terracota: ¿En tu ciudad no hay Dispares?
HadaGris: ¿Qué es eso?
Terracota: Cada ciudad tiene una característica (bastante pequeña) que permite más llevadero nuestro sistema de supervivencia. Por ejemplo en mi ciudad existen los días Dispares, el último día de los meses que terminan en número impar se nos permite salir de nuestros terminales y pasarlo con nuestros allegados. Así que todos los días 31 podemos interactuar entre nosotros salvo que seamos pareja.
HadaGris: Comprendo. Entonces supongo que en mi ciudad son los días del Objetivo.
Terracota: ¿En qué consisten?
HadaGris: Podemos conectar las cámaras de nuestros terminales y ver a alguien de nuestros contactos al azar.
Terracota: Deduzco por lo que has dicho antes, que nunca te ha tocado con algún amigo.
HadaGris: Deduces bien.
Terracota: No te preocupes, ese día llegará.
HadaGris: Hay otro día peor que temo que llegue.
Terracota: Tenemos tantos días extraños que realmente no me sorprendería ninguno.
HadaGris: También te incluye a ti...
Terracota: Creo que sé por dónde vas.
HadaGris: Esperarán que tengamos hijos.
Terracota: Ya sabes cómo va eso. Las únicas veces que te dejarán salir del terminal para ir al médico será cuando te... y será tan simple como eso. Quedarás embarazada.
HadaGris: Ojalá pudieras oírme gritar de indignación.
Terracota: Sé lo que detestas todo esto... pero recuerda lo que te dije de tener cuidado. Ahora discúlpame, es la hora de mi digitolección... Hoy me toca matemáticas y no sabes cómo las detesto.
HadaGris: Estudias en horarios muy raros...
Terracota: ... así me queda el resto del día para ti.
HadaGris: ¿Eso debería conmoverme?
Terracota: Ojalá sí que lo haga pronto.


* * *

HadaGris: Buenos días.
Terracota: Buenos días.
HadaGris: Ha llegado el momento, mañana... nos veremos.
Terracota: Mañana será el día. ¿Nerviosa?
HadaGris: Mucho. Estamos a un día de decidir si nos quedamos el uno con el otro para siempre y firmamos el Convenio de Emparejamiento...
Terracota: ¿Y acaso hay alguien que no lo haga? Lo firman incluso las parejas que no se gustan, porque de no hacerlo los marcan como Inservibles y... bueno, quién sabe qué pase con ellos. Así que solo nos queda intentar disfrutar del día.
HadaGris: ¿Y cómo será? Se supone que no podemos ver al resto de parejas vagar por la ciudad.
Terracota: Nunca me lo he preguntado. Quizá nos encierren en una sala.
HadaGris: Qué desalentador. Me gustaría ver un poco más la luz del sol.
Terracota: Y por eso los médicos no dan abasto... Hay mucha gente con problemas de columna, de vista o de colesterol por pasarse toda la vida frente al terminal. Eso desgasta. Y tú solo te preocupas por el sol... es... mono.
HadaGris: ¿mono?
Terracota: Que sepas que ahora mismo me estoy riendo.
HadaGris:...
Terracota: Por cierto, ¿hay algo más que quieras saber de mí antes de mañana?
HadaGris: Te gustaba el color amarillo, ¿verdad?
Terracota: Eso es.
HadaGris: Está bien, llevaré una camiseta de ese color.
Terracota: Vaya, es la primera vez que te noto colaborar con el sistema.
HadaGris: Lo hago por ti. Pese a esta mierda lo has intentado conmigo, y no es fácil.
Terracota: Te lo agradezco.
HadaGris: Y también algo importante... ¿te gusta la pizza?
Terracota: Sí.
HadaGris: ¿Con piña?
Terracota: ¿Qué loco le pone piña a la pizza por más amarilla que sea?
HadaGris: Ahora mismo yo también me estoy riendo.











sábado, 20 de agosto de 2016

Fantasma

Quise decirte adiós, pero no sabía como. Mi mente proyectaba recuerdos que deseaba extinguir con todas mis fuerzas o nunca podría soltarme de tu mano. Y necesitaba hacerlo. Cuántas veces sola abrazada a la almohada he llorado tu falta. Cuántas veces he sentido que caminaba de la mano de mi fantasma...
Nunca te diste cuenta de que en realidad caminaba a tu lado y me dejaste atrás. No supiste que me levantaba con tus cartas en la mano esperando lo que no llegaría. Nunca que dije que añoraba tiempos en los que aquel roble era el único testigo de los besos que me dabas. Y no dudé de que me quisieras, pero no supiste retenerme.

Te di las horas que no le había dado a ningún reloj.
Te di las palabras que ningún oído había escuchado.
Te di lo que siempre había tenido guardado.

Te di tanto amor... que no supiste qué hacer con él.

domingo, 24 de julio de 2016

Extinción

Cruzaría mil mares tan solo para poder beber de tus labios aún sabiendo que, cruel compañera, rechazarías el solo rozar de mis manos. ¿Porqué seguir dando pasos hacia delante cuando sé que alejarte siempre fue la opción que creías más acertada? Y sin embargo algo me impulsaba a seguir tu sombra intentando resguardarme de lo que siempre me quemaba. Si tuviera que soportar los crueles rayos del astro reinante lo haría gustosa mientras el camino me llevara hasta ti, pero nunca te encontraría. Tu espíritu esquivo se escondería en cualquier rincón resguardándose de la oscuridad y de mí, resguardándose de todo lo que puedo darle y ninguno conocerá. Mi cien por cien es tuyo como siempre lo fue mi alma, ahora un ánima que se aleja para perderse entre el cielo y el mar en un limbo de soledad. Y no se me escapa que es a otra a quién dedicas tus suspiros y las sonrisas que me son tan desconocidas como el resto de fantasmas que poco a poco comienzan a instalarse donde ahora tengo un hueco porque perdí mi corazón. Y no se me escapa que ya no soy en lo primero que piensas porque perdí el torneo que se libraba en tu interior. No pude ofrecerte más que mi todo, pero no es el todo que llenaría tu nada. Si es ella lo que quieres que sea, si es ella lo que sea que quieres... no está en mí seguir luchando en una justa perdida donde solo soy un caballero sin lanza cuya baza era la fe. Ni con toda la del mundo podría competir, solo podría dedicarme a mirar como te sigues alejando, ahora acompañada. Mi sombra rozará la tuya, mi alma aguardará la tuya. Pero mi cuerpo se pudrirá como lo hace un fruto al que carcomen los gusanos.
Yo estoy carcomida por dentro. Se extinguen mis vértices, se secan mis aristas.
Me pierdo en el desierto y dejo de cruzar mares.
Y mientras tú te alejas yo cierro los ojos pues lo único que puedo hacer ya es soñarte.

domingo, 17 de julio de 2016

Redención

Me canso. Agotada noto como mi mente, ya de por sí embotada, lucha por salir a flote de entre un mar de dudas y desesperanza. Siento que no puedo, que me hundo como un navío lleno de grietas que solo quiere expirar en altamar. Sin lugar a dudas mi corazón ya no palpita, al menos no cuando antaño acompañaba con su murmullo a los pájaros cantores y es entonces cuando sé que estoy haciendo lo correcto. Pura supervivencia.

Ojalá no tuviera que huir del bosque de espinas con el que me recibe tu alma, antes mi refugio, ahora mi Averno particular. Cual canto de Dante bajo de tu mano hasta el Purgatorio donde suspiro por dejar atrás todos los pecados que me hiciste cometer. Tu cruel mano, anteriormente suave como el algodón, me araña añadiendo más dolor a mis aristas.

Mi cuerpo baja contigo, esperando la redención, pues lo ensuciamos enredados en sábanas. Sin embargo mi mente, mi eterna enemiga, me sacude con preguntas que nunca has logrado responderme. Quizá si algún día me quisiste logres liberarme de las cadenas que aún me atan al espíritu insondable del que me enamoré en el pasado. Ya no me quieres ver, y sin el ver ya no me quieres a secas.

Donde quedó tu dulzura yace mi alma, ahora dormida. Ahora callada.

sábado, 2 de julio de 2016

Nomeolvides... [3ª parte]

Lide


—¿Qué son?—pregunté mirándola con curiosidad.
Ella sonrió sin decir nada más, tan solo me miró fijamente como siempre. Daría lo que fuera por estar en sus pensamientos cada vez que lo hacía.
—Nomeolvides—contestó tendiéndome la flor, la cual cogí con delicadeza—son las flores del amor eterno, del amor desesperado y leal.  Cuenta la leyenda que en la antigüedad, un caballero de esta corte paseaba con su amada a las orillas de un río de corriente muy fuerte. Estas pequeñas florecillas azules nacían justo en el borde y ella le pidió que le recogiera algunas. Al acercarse, el caballero resbaló y cayó al río. Antes de que la corriente se lo llevara y consumiera su vida para siempre, agarró un puñado de esas flores y se las lanzó a su amada al grito de "no me olvides". Desde entonces es así como se llaman.
La historia me había enternecido tanto que no sabía que más añadir, pero Alia lo interpretó perfectamente y no dijo nada más. Me comprendía. Para nosotras los silencios no eran incómodos, sino una oportunidad de disfrutar de la otra mientras oíamos a nuestros pensamientos llamarnos. Guardé la flor en el bolsillo de mi delantal y posé mi mano sobre la suya mientras contemplábamos la puesta de sol que nos decía en silencio que era hora de volver a palacio.
Quería quedarme ahí para siempre, en silencio, con ella en aquella colina que guardaba nuestros secretos. Pero no era posible... y cada vez era más difícil.

Cuando dejamos el caballo en los establos, nos despedimos antes de llegar al patio que separa los aposentos reales de los aposentos de los criados. Su beso fue dulce, como todos los que me había dado, pero esta vez yo me había agarrado a ella con más fuerza, anhelando que no se fuera. 

Que llegara el día en que no tuviera que despedirse.





Alia

Aún estaba impregnada de su olor, dulce. Un olor que quería tener siempre reconfortándome, porque me hacía sentir segura, que no estaba sola y que realmente había alguien que me quería y que lo hacía por mí, no por quién yo era.
Pensaba que si hacía acopio de valor por fin podría decirles a mis padres que mi intención no era ser heredera al trono, o al menos no serlo casándome con quién ellos dispusieran y no con quién yo realmente amase. Entonces, cuando eso sucediera, por fin podría pasar con Lide el resto de mis días, fueran los que fueran.
—¡Ajá!
Su voz retumbó en las paredes de mármol y me llevé una mano a las sienes, cansada.
—¿Dónde has estado?—me increpó Eda.
—Hola, buenas tardes, ¿cómo estás hoy? Muy bien, Eda, muchas gracias—contesté en tono de burla.
—¿Buenas tardes?—siguió—di mejor buenas noches, ni siquiera has estado presente en la cena.
—No sabía que la princesa tuviera que dar explicaciones—mi mirada fue severa—y ahora si me disculpas...
Pasé a su lado rozando su imponente vestido azul de seda, sin embargo no dejó que diera un paso más. Me cogió fuertemente por el brazo y me dio la vuelta. Aquel gesto la sorprendió incluso a ella, quien por un segundo reflejó el asombro en su rostro. Luego volvió a fruncir el ceño, visiblemente enfadada.
—Llevamos días sin verte por las tardes, ¿qué es lo que te pasa? Lo único que haces es tus tareas por las mañanas y luego desapareces con esa sirvienta tuya y no volvemos a verte hasta la noche. Podemos compartir contigo lo que sea que vayas a hacer al bosque, ¿o ya no somos suficientes para ti?
Aquella última frase fue como un bofetón en la cara, que giré, dolida. Nunca he sido una persona que se enfade con facilidad, aunque hacía años era una princesa caprichosa que se exaltaba por nada. Una vez, Ebonninne me acusó de haberme comido un pastelillo y me apretó fuerte el hombro, indignada. En aquella ocasión la miré furiosa y la aparté de un empujón, haciendo que cayese a la fuente del jardín y por consecuente, después le subiera la fiebre. Cuando vi a mi prima tan mal, me arrepentí al instante de lo que había hecho y solo fue el principio para aprender que no es eso lo que hacen las buenas princesas.
Pero esto era diferente. No era un pastelito ni teníamos ocho años. Me había gritado y me había girado de un manotazo pero no era eso lo que me había enfadado. Yo no iba a alzar la voz, ni a darme la vuelta sin encarar lo que estaba pasando. Y lo que pasaba, lo que me enfadaba... es que todo esto estaba sucediendo por culpa de estar obligada a casarme con quién no quiero. De estar enamorada de quién no debo. De tener que estar ocultando lo que realmente siento. 
—No... no es eso—logré contestar.
—¿Ah, no? ¿Y qué es? Porque no sé qué es lo que hago aquí en calidad de dama de compañía sino tengo una princesa a la que acompañar.
—Lo siento, pero... por ahora no puedo contártelo.
—¡Siempre nos has contado todo!
—¡Pues ahora no puedo!
—¿AH, NO?
—¡NO!
Eda suspiró.
—Tu... madre se está dando cuenta—me advirtió.
Toda la furia que empezaba a formarse en mi interior disminuyó al instante. Estaba protegiéndome. Estaba preocupada por mí. Y si mi madre se daba cuenta de lo que estaba sucediendo... esta aventura terminaría más pronto que tarde, con final amargo.
—Sea lo que sea que esté pasándote, Alia... acábalo de inmediato.



Lide


Me levanté temprano, con una sonrisa dibujada en el rostro. Quería ser la primera en usar la tina de la que disponíamos para bañarnos todos los sirvientes y así estar lista antes que los demás. Tenía que llegar antes que nadie para despertar a Alia y poder darle un pequeño beso antes de comenzar el día. Algo con lo cual resistir mis impulsos de abrazarla toda la mañana hasta que tuviéramos ese ratito privado por la tarde. 
Me acicalé bien y palpé el nomeolvides que aún seguía dentro del bolsillo de mi delantal. Cuando salí hacia el pasillo aún no había mas que un par de guardias del turno de mañana patrullando. Los saludé con la misma sonrisa con la que me había levantado y uno de ellos me guiñó un ojo, cómplice. La piedra pasó al mármol y supe que por fin había llegado a la zona de los aposentos reales. Al fondo del pasillo una enorme puerta de roble pintado escondía los aposentos de los reyes tras ella, y antes, otra puerta un poco más pequeña, contenía la habitación de Alia. Abrí con delicadeza y me escabullí dentro. Suspiré, contenta de ser su criada, porque nadie sospecharía de mí. Cualquiera que entrara comprobaría que solo vengo a despertar a la princesa y ver qué se le ofrece antes de bajar a desayunar y comenzar sus tareas rutinarias. Alcé las cortinas y el fino sol del amanecer penetró por la ventana, iluminando su cama. Me giré despacio, acercándome a ella, que aún dormía. No había visto a nadie dormir de ese modo, con tanta paz, tan relajada... Poco a poco fui deslizando mis dedos por su rostro, acariciándola con toda la delicadeza que fui capaz, hasta que despertó.
No pareció gustarle verme allí.
—¿Q-qué haces aquí?—preguntó con un tono más agudo de lo normal.
—Despertarte.—sonreí—Buenos días.
—No puedes estar aquí—advirtió, y saltó de la cama hasta el armario, en busca de alguna prenda de ropa más con la que taparse. Hacía frío.—¿Acaso no piensas que puedas meternos en problemas?
El tono de reproche con el que me contestó penetró dentro de mí como una aguja sobre una fina tela, no era la Alia amable y dulce que me hablaba todos los días con ese tono de voz que parecían mil pájaros cantores. Me había saltado las normas, sí, ¿pero no es eso lo que hacíamos cada tarde? ¿no me llevaba siempre a los lomos de su caballo para saltarnos las normas una y otra vez con cada beso, cada abrazo, cada enseñanza o cada escapada? Había besado a una doncella, a una mujer, y le enseñaba geografía o historia. Me tocaba a mí cruzar la línea... y no había tenido mucho éxito.
—Nadie me ha visto—me defendí—y tampoco tendrían porqué sospechar nada.
Alia suspiró. Cerró los ojos como si los párpados hubieran estado pesándole.
—Debemos dejar de vernos así.
Su frase esta vez fue como un puñal. Retrocedí negando levemente con la cabeza, incapaz de procesar aquella frase tan sencilla pero a la par tan dolorosa.
—¿Cómo?—logré articular—¿quieres que...
—... quiero que dejemos... lo que sea que sea esto.—no parecía ella, estaba alterada, había abandonado su porte de princesa y su dulzura de amante—Tenemos que dejar de ir a la colina, las escapadas... todo.
Realmente parecía agotada y mi preocupación se transformó en desesperación. ¿Qué pasa, Alia? ¿Por qué tengo la sensación de que algo ha cambiado y estás ocultándomelo? ¿Por qué no me lo cuentas?
—Pero... queda una semana para que se anuncie oficialmente tu compromiso... dijiste que...
—¿Qué?—me increpó, furiosa—¿creiste de verdad que podría convencer a mis padres? ¿que me dejarían abandonar el trono sin más y que podría irme contigo a lomos de un caballo para vivir nuestra vida? ¡No fueron más que ilusiones!
A medida que hablaba, iba reconociéndola cada vez menos.
—Alia... ¿qué es lo que...
—Soy una princesa, deberías dirigirte a mí como tal.
Giró sobre sus talones y me dio la espalda y agradecí que lo hiciera, pues no quería mostrarle mis lágrimas. Unas lágrimas que luchaban por poder salir a borbotones de mis ojos y caer a placer hasta el suelo.
—Como gustéis, alteza.



Alia

Cuando oí la puerta cerrarse me desmoroné. Caí sobre la cama como si fuera un enorme bloque de hielo y sentí todo el peso de las palabras que le había dicho a Lide minutos antes. Del dolor que sentiría ella al oírme pronunciarlas. Pero era lo mejor. No podía cumplir lo que le dije en la colina, no podía hablar con mis padres sin más para decirles que abandonaría el trono y me marcharía con una doncella. Nunca lo permitirían.
Solamente Eda fue capaz de traerme a la realidad y sacarme la ensoñación de la cabeza, ella, con sus palabras, me advertía secretamente del peligro: si me enfrentaba al rey y a la reina, mi sentencia... y la de Lide, sería la muerte. Antes me dejarían morir que vivir con la deshonra de una hija que renuncia al trono por una doncella, por una mujer.
Lo único que me dolía de todo era no poder estrechar a Lide entre mis brazos y decirle que seguía amándola con cada aliento. Que ella era una de las razones por las que seguir adelante con este peso sobre los hombros, por las que sentirme por fin amada por mí misma. ¿Qué otra solución habría? ¿Era una cobarde por no buscarla? Solo quería proteger a Lide. Solo a ella.

Me aseé rápidamente y busqué mis ropas. Sabía que mis doncellas y mis damas estarían esperándome en la sala de ocio, pero no tenía ganas ni ánimo para presentarme ante ellas. Prefería prescindir del desayuno esa mañana y dar una vuelta por los jardines para tener un poco de paz y lidiar con mis demonios. Lide, amor mío, he dejado de negar que te amo desde hace tiempo, ¿podrás perdonarme? ¿podrás entender por qué hago todo esto?

Los jardines me recibieron con cánticos y las primeras gotas de rocío de la mañana. No esperaba que aún hubiera nadie ocupándolos, pero reconocí dos figuras sentadas a lo lejos, sobre los bancos de piedra tallada. Aún me costó un momento darme cuenta de que una de las figuras era mi prima Ebonnine, ruborizada y entusiasmada, entrelazando las manos con un caballero al que no supe reconocer. Intenté recordar su cara de algún baile, de algún evento de palacio... pero no lo recordaba. No había grabado en mi mente sus ojos claros ni los bucles castaños que enmarcaban su rostro moreno. Tampoco me extrañaba, pues tras los bailes, me encargaba de borrar de mi mente cualquier rastro de ellos. Los detestaba.
El caballero se levantó, depositando un dulce beso sobre la frente de mi prima, dejándola sola en el banco mientras le veía alejarse hasta el interior del palacio. ¿Quién era aquel caballero de ropas claras y rostro oscuro? ¿Era la razón por la cual mi prima parecía haber estado en otro sitio todo este tiempo? Sin decir nada, me senté junto a ella silenciosamente e ignoré su cara de sorpresa y terror cuando vio que lo hice. Esperé pacientemente a que reaccionara y me lo contara.
—Por favor, no digas nada—me imploró.
Le sonreí todo lo que fui capaz, aunque mi sonrisa ya no llegara hasta las orejas.
—¿Es él?
Ella entendió mi pregunta, y asintió.
—¿Por qué no has querido contárnoslo?
Su rostro se descompuso y supe que algo se me escapaba. Fue como si mi prima esperara algo de mí que no hubiera encontrado. Entendía que no quisiera contárnoslo porque Eda y Geraldine podían ser muy insistentes con el tema, pero, ¿era esa la razón real? Su expresión me decía que no, pero yo no alcanzaba a comprender.
—Lo has visto—susurró sin aliento, desesperada—sabes lo que es.
—Ebonnine...
Antes de que pudiera terminar la frase volví a colocar la imagen de aquel joven en mi cabeza, y por fin lo comprendí. Era curioso (y macabro) hasta qué punto podíamos estar conectadas mi prima y yo. Hasta que punto nuestros corazones solo querían amar y ser verdaderamente amadas.
Mi prima se había enamorado de un sirviente. Y ojalá hubiera tenido la fuerza necesaria para decirle que era lo correcto.

jueves, 9 de junio de 2016

El callejón

Si das un paso más... estás muerta.




Aún no sé cómo he llegado hasta esta calle, pero me asusta ver que solo estoy cubierta con una sábana blanca. Me levanto como puedo, asustada, resbalándome con las frías y mojadas piedras sobre las que piso. No conozco este lugar ni recuerdo nada de lo que ha ocurrido antes de que apareciera aquí. ¿Dónde estoy? ¿Me ha traído alguien? ¿He venido por mí misma? Descarto la última pregunta, yo jamás hubiera venido hasta este oscuro lugar. Me daría miedo, mucho miedo. Tanto como el que siento ahora mismo.
Debajo de la fina sábana no llevo ningún tipo de ropa y nace en mí el temor de que alguien me haya hecho algo y me haya tirado en este sitio como a un despojo. Me exploro con cautela, todo parece en orden y aunque siento ganas de llorar me contengo todo lo que puedo, tengo que salir de aquí. Muy despacio doy pequeños pasos en dirección al final de la calle pero no hay salida. Sin embargo al darme la vuelta vislumbro una sombra que se alarga hasta mí como un fantasma y mi pulso se acelera. Mierda. No le he oído venir, no ha bastado ni un segundo para que alguien me encontrara. ¿Es amigo o enemigo? ¿Vendrá a ayudarme o...? En el tiempo que pienso en cómo reaccionar, mi cuerpo ya ha tomado la decisión de retroceder. La sombra se acerca, descubriendo una figura oscura que da grandes zancadas para alcanzarme. Es un hombre desaliñado, con la ropa sucia echa jirones. Sostiene una botella de vodka en la mano derecha y le cuesta mantener el equilibrio.
—Hola, preciosa, ¿estás sola?
No logro contestarle. Me gustaría imponerme, asustarle de algún modo o al menos huir... Pero, aunque veo la salida detrás de él, sé que no me será tan fácil zafarme. Cada vez está más cerca y sé que no lograré resistirme por más precario que sea su estado: podrá conmigo. Rezo para que lo que tenga que pasar, pase pronto.
Cuando cierro los ojos y ya casi siento su aliento pútrido sobre mí, escucho pasos a lo lejos. No sé si serán mi salvación o mi condenación. Si es mejor que vengan o pasen de largo. Ya poco puedo decidir. Sin embargo el olor de aquel individuo me abandona de pronto y abro los ojos. Ahora se encuentra tendido en el suelo y solo hago a tiempo para ver como un halo de luz blanca surge de su boca para desaparecer.
Mis ojos vuelven a acostumbrarse a la oscuridad de aquel callejón y veo por fin a la dueña de los pasos de antes. Hay una chica frente a aquel hombre que yace en el suelo sin moverse. Le mira con asco y respira hondo antes de levantar su mirada hacia mí.
—¿Estás bien?—pregunta ansiosa.
Asiento como puedo, el miedo me ha paralizado.
—¿Es que nadie te ha dicho que no es inteligente ir danzando por estas calles en mitad de la noche vestida con una sábana blanca?—resopla indignada—¿tienes idea de lo que pensaba hacerte ese tipo?
—No...—intento balbucear—... no sé cómo he llegado hasta aquí.
—Seguro que no—está furiosa.
—¡Pues claro que no!—el miedo me abandona de pronto para dar paso a la ira, ¿me está culpando a mí?—¿crees que me encanta pasear en mitad de la noche con estas pintas y ser susceptible de que algún depravado me haga daño?
—Siempre has sido una imprudente—contesta.
Ambas nos miramos sorprendidas. Ella parece haber notado que ha hablado de más y yo me inquieto por lo que acaba de revelarme, ¿acaso me conoce?
—Vamos, te llevaré a un lugar seguro—susurra sin mirarme a los ojos.
—Quiero ir a casa.
—Ahora "casa" no es un lugar seguro—contesta tajante.
Más que una advertencia, no me da opción a elegir. No me dejará ir a casa y no sé el porqué. Pero... parece tener respuestas a lo que me está pasando o al menos, es la única de por aquí que puede ayudarme. De momento.
—¿Y cómo sé que contigo sí que estaré segura?
—Acabo de salvarte de un degenerado, algo dirá a mi favor, ¿no?—de pronto sus ojos se tiñen de preocupación.
Se acerca, peligrosamente. Entonces la veo mejor. Es mucho más alta que yo y bastante más proporcionada. Admiro sus curvas con envidia y me reprendo por tener tiempo de envidiar algo así en esta situación. Pero es guapa, mucho. Su largo pelo negro recogido en una coleta ondea al compás de la suave brisa que se levanta entre nosotras.
Me coge la mano, y mi pulso se acelera, pese a que en el fondo creo que de verdad no quiere hacerme daño.
—Confía en mí—me pide—ahora no es momento de hablar, pero te lo contaré todo.
—Prométemelo—suplico. Es ahora cuando noto todo el peso de lo que está pasando y creo derrumbarme.
—Te lo prometo.
Y la creo.
—Solo una cosa más—advierto, y ella me mira con toda su atención—dime tu nombre.
—Hubo una época en que lo acompañabas con un te quiero—contesta, mientras dibuja una sonrisa triste en su rostro—Sáfora. Mi nombre es Sáfora.
Durante un breve instante, creo que la recuerdo.
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