viernes, 12 de junio de 2015

Mi lugar favorito del mundo...

Cuando te fuiste puse el piloto automático.

El día que tu mano se soltó de la mía, supe que me había perdido. Me desvié de la senda que juntos habíamos trazado y vagué por un lugar desconocido del que no sabía salir. No paré, mi vida no se detuvo en ese instante, simplemente siguió con la certeza de que no te volvería a encontrar. Miraba sin ver. Y mi corazón latía... sin ninguna razón en concreto cuando antes lo había hecho solo por ti. Me resigné a seguir y a hacerlo sola, a sabiendas de que cuando hallara a un paseante que quisiera acompañarme yo no le rechazaría, pero tampoco podría darle lo que un día te entregué. Y me di toda, a ti. Nunca me arrepentiré de eso, quizá sea de lo único de lo que jamás me arrepienta en la vida: me tuviste toda. En cualquier puto sentido. Todo mi mundo eras tú cuando antes solo había sido capaz de pensar en mí misma. Y te regalé mis mejores días y mi sonrisa cuando estaba en los peores. Te obsequié con mi risa más melodiosa y mi hombro en las contadas ocasiones en las que solo querías llorar. Y cuando estabas deprimido y no querías escuchar, cuando tus nudillos golpeaban la pared insistentemente... yo no cerraba la puerta y me iba. Cogía un poco de tu angustia y me la llevaba a la espalda para aliviar ese peso que te enterraba cada vez más en el suelo. Mi mirada, cargada de todo el amor que sentía hacia ti, era una manta que te arropaba en las noches de frío. Y si no me encontrabas esa noche, apretada contra tu espalda, podías sentir como desde cualquier punto, te susurraba al oído. Te quiero. Te quiero. Te quiero mucho. Te amo.
Daban igual las noches que tuviera que quedarme despierta para espantar tus pesadillas. Que tuviera que luchar contra los monstruos de debajo de tu cama: el miedo, la angustia, la inseguridad, el no ser suficiente... Yo los espantaba luchando con mi armadura de acero. Y cuando te inquietabas, mis manos buscaban tus mejillas y te acariciaba. Te aseguraba que no había nada que temer, porque eras increíble. Y... te calmabas.

Yo mataré monstruos por ti.

Preparaba esos pequeños detalles para solo el placer de verte sonreír durante unos segundos, cuando me quedaba dormida sobre el paquete que te debía enviar o amanecía envuelta en papel de regalo... sonreía. Porque sabía que, por un momento, te había hecho un poco más feliz de lo que ya lo eras conmigo. De lo que éramos juntos.

Me salía solo. Lo tenías todo. Me tenías de una manera que nadie tendrá... y que desaprovechaste. De la que decidiste prescindir para hacer tu propio camino hacia un destino incierto. Hacia un viaje al que no puedo seguirte. Hacia un lugar que no sé dónde está, porque te he perdido la pista.
Me gusta viajar, pero no sé a dónde voy. El piloto automático es el que decide por mí.

Y hay muchos lugares que quiero visitar, aunque me hubiera gustado hacerlo contigo. Ahora no puedo. No sé cuál será mi sitio favorito del mundo. No sé cuál será ese refugio al que volver cuando me sienta sola. Cuando me angustie y esté ansiosa. El que me arrope y me haga sentir segura.

No. Sí que lo sé. Mi lugar favorito del mundo es aquel sitio tras tu espalda.

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