martes, 25 de agosto de 2015

Cúralo todo

—Por favor, pónmelo fácil.  Si quieres hacer algo por mí... cúralo todo.




Año 164 después de la plaga.



Emily

Cuando cumples veinte años el Gobierno te asigna un trabajo según tus aptitudes. Nos vigilan desde que entramos a la educación secundaria, así que saben de sobra para qué estás o para qué no estás preparado. Solo hay cinco trabajos en los que puedes acabar: Alto Mando, Cargador, Médico, Trabajador Social o Sepulturero. Realmente el último es el único en el que no quiero acabar, ni siquiera el trabajo de Cargador me parece tan malo.

Desde que nos atacara la plaga, hace más de ciento sesenta años, se instauró este sistema para que el mundo no se viniera abajo. La plaga, científicamente llamada Laeos Bacarae, es una enfermedad que ataca al sistema inmunológico del ser humano, transformándolo. No solo baja tus defensas y te vuelve vulnerable ante otras enfermedades, sino que te cambia. Al principio te salen horribles ampollas en la piel, comienzas a expulsar pus por tus orificios corporales y las llagas pueblan tu boca. Aunque todo eso no es lo peor, la bacteria de esta enfermedad ataca tu cerebro y te vuelve loco. Una criatura sin pensamiento, conocimiento, criterio... un muerto en vida. Los Médicos son los encargados de llevar la investigación para curar la enfermedad, la peor que el ser humano haya conocido nunca, sobre todo por su duración. Los Médicos también son los que cuidan de los pocos enfermos que sobreviven, ya que al ser una enfermedad que ataca al sistema inmunológico pocos superan cualquier otra enfermedad que contraigan. Un simple resfriado... y mueren. Los Médicos tienen que tomar muchas precauciones a la hora de hacer las investigaciones y tratar con enfermos, ya que la enfermedad se contagia por el aire.

Pero quizá ellos no son los que tienen el peor trabajo, los Cargadores, como su propio nombre indica, cargan con todo el peso de la enfermedad. Archivan los avances de los Médicos, apuntan el número de muertes al cabo del año, hacen balance de los fallecidos en cada país y sus nombres, preparan los folletos informativos para la sociedad y cuándo deben acudir al médico en caso de que sientan los primeros síntomas... un trabajo de locos.

Hoy cumplo veinte años.
Hoy me asignan el trabajo que tendré el resto de mi vida... o hasta que dure todo esto.



* * *

—¡Soltadla! ¡Por favor, por favor!
Mis gritos retumban contra las impolutas paredes de la Sala de Reconocimiento. Intento seguir los pasos de los guardias, prudentemente equipados con el traje de aislamiento para no contraer la enfermedad. El pasillo que atravesamos es interminable, lleno de puertas con mirillas que daban a habitaciones con gente agonizando en su interior. Y se la llevaban a ella, a Lenn, a la única persona que realmente me importa.
Ha contraído la enfermedad.
Está asustada.
Pero no más que yo al pensar que a partir de ahora seré la que tenga que ver cómo se consume su vida desde la posición de Médico.

Los dos guardias abren la puerta de la que será su habitación a partir de ahora. La tiran dentro como si fuera un despojo y cierran con llave. Observo por la mirilla de la puerta como Lenn se retuerce en la habitación y comienza a dar puñetazos en las paredes acolchadas. No podrás salir de ahí, Lenn, no lo intentes o te harás daño.
Contemplo con tristeza las pústulas que han comenzado a poblar su piel, rojizas como la picadura de una abeja. Ya no puedo hacer nada por ella más que tratarla y convencerla de que se deje tratar. Ahora es otro conejillo de indias para la investigación de la enfermedad. Pero su cuerpo se consume y poco a poco, esa chica de ahí dentro dejará de ser la persona que amo. Esa chica de ahí dentro será alguien que no conozco y al final, desaparecerá. No sé cuánto tiempo nos queda, porque no creo que encuentren una cura para entonces.


* * *

—¿Quién coño es?—chilla Lenn desde su catre. Se ha tapado la cara con las manos.
—Shhh—susurro—soy yo.
—¿Emily?
Asiento todo lo que el enorme casco del traje de aislamiento me deja.
—Debes procurar tranquilizarte—aconsejo—te harás daño.
—¿Y qué más da?—me chilla. Su frialdad se me clava y me pesa tanto como el traje que llevo puesto—¿qué importa sentir daño ahora? Mira estas ampollas, ¡mira mi piel! Dentro de unas semanas todo esto se multiplicará... dentro de unas semanas, podría dejar de existir. Es tarde para mí, Emily. ¡Lárgate!
Cada palabra es un cuchillo. Cada palabra es afilada, pincha y hiere. Pero no me muevo.
—No pienso irme de aquí.
Lenn me dedica una mirada furiosa.
—Puede que ahora estés aquí porque quieres, pero dentro de unos días solo estarás aquí porque te toca hacerlo. Porque eres el Médico que tiene que examinarme y ver qué beneficios puede traer para la búsqueda de la cura el hecho de que investigues conmigo. Seré solo un conejillo de indias sin importancia... porque todo lo que quedará de mí será un ser humano sin cerebro.
Toma aire y cruza las piernas. Suspira, pero yo no sé qué decir.
—Mátame—me pide—mátame antes de que lo último que veas de mí sea en lo que voy a convertirme. Mátame para que el único recuerdo que te quede sea algo que merezca la pena.
Trago saliva, pero logro negar con la cabeza.
—No puedo hacer eso.
—¿Qué pasa? ¿Tienes que conservar todos los enfermos que puedas? Tenéis muchos en este edificio, no os hace falta una más.
Aprieto los puños con fuerza.
—No es por eso. Quiero pasar todo el tiempo que pueda contigo... mientras aún eres tú.


* * *

—¡Emily! ¡Em...!—chilla Lenn, golpeando contra la puerta de acero.
Mis compañeros me advirtieron de que, mientras se transforma, sufrirá ataques de ira o pánico. Ataques en los que lo poco que queda de ella se va desvaneciendo. Dejará de sentir, dejará de empatizar y... dejará de recordarme.
—¡OLVIDA LO QUE DIJE!—su grito atraviesa las paredes de piedra—¡por favor! ¡Te necesito! Ven a verme, ven a verme antes de que me vaya. ¡Por favor! ¡POR FAVOR!
Pongo una mano en el pomo de la puerta de su habitación, pero mis compañeros me lo impiden. Es peligroso entrar cuando un enfermo sufre uno de estos ataques, incluso si tienes puesto el traje de aislamiento. Se vuelven mucho más fuertes y agresivos, lo suficiente para quitarte el casco en un arranque o romper el cristal que lo compone. Podrías resultar contagiado y es lo que tratan de evitarme.

Contemplo por la mirilla de la puerta como Lenn se retuerce en el suelo y no deja de decir mi nombre.

* * *

Una semana después del primer ataque veo como a Lenn comienza a salirle pus de los orificios de sus orejas y un poco de la nariz, goteándole como cuando tienes una hemorragia debido al calor. Mira hacia la nada, hacia algún punto de la habitación. Parece que ha perdido todo conocimiento.
Entro despacio y vuelvo a comprobar que el casco del traje de aislamiento está bien asegurado. La llamo un par de veces, pero solo da alguna respuesta si oye su nombre. Lo digo varias veces y ella mueve la cabeza, buscando de dónde proviene la voz que la llama. No me siente. Probablemente no sepa quién soy yo... o quién es ella. Aunque el sonido de su nombre le suene familiar.
La he perdido para siempre.
Ojalá hubiera sabido cuidarla.

Hago una última prueba antes de irme, seguramente para no volver más. La fase de su enfermedad está ya muy avanzada y en cuestión de días podría morir.
Antes de cerrar la puerta, digo mi nombre.
Se me cae una lágrima al ver cómo mueve la cabeza.


* * *

Lenn


Noto que un aire denso entra en mis pulmones y sé entonces que me he contagiado. No sé quién, no sé cómo. Lo único que tengo claro es que esa cosa, esa enfermedad, ha entrado dentro de mí. ¿Debería entregarme? Hoy cumplo veinte años, el día en que se supone que me darán mi oficio en la Ceremonia. A mí y a los demás. A Emily.
La abuela siempre tuvo claro que mi oficio sería Sepulturero, aunque mis esperanzas estaban puestas en otra cosa. Desde que papá y mamá murieron ella me ha estado criando y siempre me ha visto rodeada de barro, manchada de chocolate, hierba e incluso sangre. Propia o de otra persona. Alguien tan salvaje y tan descuidado no podría acabar en otro oficio. Los Sepultureros se encargan de mover los cuerpos de los caídos por la enfermedad. Ellos se los llevan y los incineran. Tiene gracia que tengan ese nombre cuando ni siquiera los entierran. Pero claro, habría tantos huesos bajo tierra que ni siquiera podríamos caminar...
No quiero dar parte de lo que me pasa, aunque esté segura. Quiero pasar la Ceremonia como cualquier otro chico de mi edad. Quiero dar la mano a Emily y caminar hacia un nuevo futuro, nuestro futuro. Sin embargo soy un peligro viviente para todos los que me rodean, incluida ella. Y no quisiera que la persona a la que amo se contagiara de algo de lo que no puede salvarse.

Supongo que al fin y al cabo, no puedo ser tan egoísta.


* * *


Me lanzan contra el suelo sin preocuparse en si estaré bien o no, como un despojo. Escucho los gritos suplicantes de Emily. Quiero decirle que pare, que es inútil que grite porque no le van a hacer caso. Van a dejarme aquí, dejarán que me pudra en esta habitación mientras hacen experimentos conmigo al igual que con los demás enfermos, para tratar de hallar una cura. Se acabó. Es el rápido camino hacia la muerte, un paso que tiene principio y fin, pero del que no te puedes desviar. No puedes dejar de andar. No puedes parar.

La puerta se cierra detrás de los hombres que me han traído hasta aquí y los gritos de Emily se apagan. Emily... me mata pensar que no volveré a verla nunca más. Que en unas semanas ni siquiera me acordaré de ella. Me subo al catre y me afano en intentar rememorar todos los momentos juntas, para atesorar todo lo que pueda cuando ya haya perdido la razón.
Recuerdo una vez, en uno de nuestros largos paseos, cuando apretó fuertemente mi mano al ver algo que le gustaba. La ternura se apoderó de mi corazón y no pude apartar mis ojos de su expresión radiante. Parecía un ángel y fue como si una luz se hubiera concentrado a su alrededor. Sus ojos y su sonrisa destacaban en su rostro perfecto... entonces supe todo lo que la quería.
Mi mente vagó hacia otro recuerdo, uno en el que era de noche y llovía. Emily temblaba de frío y la apreté contra mi cuerpo aún más, para que entrara en calor. Su cuerpo dejó de moverse y se relajó, y entonces, como si el cielo la hubiera escuchado, nos bañó la luz de la luna.
Cada sonrisa, cada detalle, cada muestra de afecto... cada instante con ella. Una a una las lágrimas que ahora recorren mi rostro saben a esos recuerdos. Saben a un no hubiera sabido vivir mi vida sin ella. Y aunque ahora se está apagando, agradezco haber podido conocerla.
Emily me salvó, da igual que hoy esté condenada.


* * *

Ha dejado de venir a verme.

Noto como las pústulas se apoderan de mi piel y las llagas escuecen en mi boca. Me siento débil, cansada y pierdo la cabeza. Dejo de recordar cosas. La enfermedad avanza cada vez más deprisa y noto como se lleva todo lo que queda de mí a su paso. Emily estuvo viniendo a verme para anotar todos los progresos, para llevarse muestras... pero sobre todo para pasar conmigo todo el tiempo que me queda. Muero más por no poder tocarla que por esta mierda que me consume por dentro.
Sin embargo ha dejado de venir. Son otros Médicos los que me atienden en su lugar.
Ya no sé si es porque no quiere verme así de consumida y prefiere mantener un buen recuerdo, como le dije, o si le repugno así. Supongo que ya no resultará muy atractivo una chica comida por el pus que se olvida por momentos de dónde está. Me mata más no poder verla.

Conforme pasan los días, mi desolación crece y no recibo ninguna explicación. El tiempo para mí es algo que me acerca al galope hasta el fin de mis días, con una velocidad exagerada. Tal vez no llegue a mañana. Tal vez no vuelva a verla nunca más. En ocasiones siento que voy a perder el control, como si fuera a darme un ataque. Como si mi cerebro luchara por no volverse loco. Supongo que eso es exactamente lo que me ocurre.
Quiero verla, pero no aparece. Quiero decirle muchas cosas antes de irme, pero no viene. La rabia se apodera de mí y pienso que quizá se ha tomado muy en serio lo que le dije acerca de que no quería que me viera consumida. Que deseaba que me recordara como siempre.
No sé cómo pude decir eso antes de que supiera todo lo que siento. Antes de decirle todo lo bueno que me llevo de ella.

Grito de dolor y desesperación. La llamo aunque sé que no podrá oírme. Emily... solo quiero decirte lo que siento, y entonces sí podrás marcharte. Es cierto, verme así no es agradable. Solo una vez.

Muy entrada la noche, cuando creo que recobro algo de lucidez, veo sus enormes ojos asomarse a la mirilla. Estoy dolida. Dolida por su desaparición. Dolida porque no la entiendo y tampoco me entiendo a mí. Dolida porque no volveré a verla y no se puede hacer nada. Dolida porque va a perderme y voy a perderla. Dolida porque pensamos que teníamos todo el tiempo del mundo.
Veo que mueve sus labios y los leo: "¿Qué quieres que haga?"
—Por favor, pónmelo fácil.—susurro—si quieres hacer algo por mí... cúralo todo.
No hablaba solo de la enfermedad.

* * *

Pierdo la cabeza. Ya no siento nada. Es como si mi mente y mi cuerpo se hubieran desconectado y ya no sé quién soy. Dónde estoy. Me duele todo y noto como los latidos de mi corazón van cada vez más lento. Mi respiración se apaga. Me pesa la cabeza y se me nubla la vista.
Ya no tengo fuerzas.
No puedo luchar.
Me voy rindiendo hacia lo inevitable.
No recuerdo quién soy o qué hago aquí. Mi cabeza no retiene ni una sola imagen.
En mi mente solo aparece un nombre antes de cerrar los ojos.

Emily.








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