sábado, 15 de agosto de 2015

El último día

Me cansé.
Me cansé de luchar, de seguir y de intentarlo.
Si tenemos que perecer... que así sea.




—Despierta.
Siento como su pelo me roza las mejillas y abro los ojos muy lentamente. Me hubiera gustado que al hacerlo no me hubiera encontrado con aquel salón en ruinas, lleno de muebles rotos y cubiertos de polvo. Me encantaría estar lejos, en cualquier sitio lejos de aquí.
Me desperezo y dirijo mi rostro hacia la ventana, aún intentando despegar los párpados. El sol está en lo más alto, debe ser mediodía. Aún nos quedarán unas siete horas de luz, debemos darnos prisa.
—He estado husmeando por toda la casa, no he encontrado más que un bote de pastillas probablemente caducadas y unas vendas—anuncia Reena.
—Nos servirá igual, llevémoslo.
Ella asiente y se queda mirándome fijamente.
Sé lo que piensa... aunque no va a decírmelo. Pero a mí también me duele.
Hace siglos una catástrofe nuclear asoló gran parte de la Tierra cobrándose la vida de la mayoría de la población mundial. Los que quedaron tuvieron que sobrevivir como pudieron. Las consecuencias de la catástrofe no pararon ahí, pronto los animales comenzaron a mutar y a desarrollar enfermedades mortales que impedían que comiéramos su carne, la tierra ya no era buena para el cultivo... comenzaba a significar la extinción de la raza humana.
Por suerte la tecnología estaba lo suficientemente avanzada para que con máquinas pudiéramos abastecernos y crear nuestros propios alimentos. Los que quedaron tuvieron que poner en marcha la maquinaria que había resistido y comenzar a distribuir los alimentos por el mundo antes de que fuera tarde. Cientos de deslizadores viajaban por el globo en busca de supervivientes para abastecerlos de comida. Sin embargo no llegaron a todos los puntos. Tuvieron que refugiarse en colonias debido a las inclemencias del tiempo. La catástrofe nuclear había provocado un gran agujero en la capa de ozono y el mundo se había vuelto aún más loco.
Lo peor de todo, era que literalmente ahora éramos tóxicos los unos para los otros. El ser humano ha desarrollado una enfermedad llamada Plenidea Hictarea que mata todo aquello que toca. Incluidos nosotros mismos. Las colonias se esfuerzan en hallar la cura, en repartir los alimentos... pero apenas pueden avanzar dos pasos sin percances. Reena y yo nos dirigimos a una de ellas antes de morir de hambre.
Y sin embargo lo que más me mata es no poder tocarla.



—¡Gira a la izquierda, a la izquierda!—grita Reena mientras levanto el pie del acelerador—¿qué mierdas les pasa?
Un grupo de perros nos persigue por la avenida principal. No son perros normales o al menos no nos lo parece. Tienen los ojos inyectados en sangre y echan espuma por la boca. Les despisto doblando por la calle y metiéndome en unos callejones para salir hacia una segunda avenida llena de vehículos rotos y oxidados.
—Deben haber mutado o algo así—dije intentando recuperar el aliento—¿crees que las ondas nucleares estas harán que en un futuro nos convirtamos en zombies?
—¿Ondas nucleares?—rió Reena—desde luego todo es posible, ya sabes...
Se miró las manos. Nunca hemos podido tocarnos. Ni mucho menos besarnos... eso nos mataría a las dos. A veces pienso que prefiero morir a no poder tocarla, pero soy una cobarde. Y tampoco puedo ser tan egoísta. ¿Qué puede ser peor para dos personas enamoradas que no poder tocarse nunca? Ojalá pudiera sentir el roce de sus labios sobre los míos aunque fuera solo una vez... sin que eso significara cerrar los ojos para siempre.
En ocasiones Reena se porta mal conmigo, se enfada. Se enfada porque no puede tocarme. Pero no es culpa de ninguna de las dos.
—Quizá en las colonias hayan encontrado una cura—susurré esperanzada.
Pero Reena no contestó.
Viajábamos en coche hasta el supuesto emplazamiento de una de las colonias del país. En teoría era la más grande, donde seguro que tenían alimentos y agua. Nosotras nos abastecimos de pastillas del último cargamento que encontramos en un edificio abandonado. Pero se nos acaban. Si no llegamos a las colonias dentro de tres días, moriremos de hambre.
A veces pienso que no me queda mucho en este mundo, que de un modo u otro y tal y como están las cosas... acabaré muriendo. Pero no quiero hacerlo de hambre o de frío. Quiero hacerlo tocándola a ella. Pudiendo besarla. Pudiendo hacer todo lo que me muero por lograr y no consigo.
Pasan las horas.
Aún estamos lejos.



—Cierra... la... puerta...
A contra viento intentamos cerrar la desvencijada puerta de madera. Un fuerte huracán se acerca hacia el punto donde estamos y me pregunto cuánto tardará la mansión en venirse abajo. Aún quedan cien kilómetros para llegar hasta la colonia y aunque estamos cerca, el tiempo nos impide avanzar deprisa. Nos queda un día, o día y medio como mucho hasta que se nos acaben los suministros. Y comienzo a ponerme nerviosa.
—¿Todo despejado?—pregunto.
—Aquí no hay nadie—contesta Reena—aunque por esta fogata yo diría que no hace mucho esto estuvo habitado.
Miro hacia el suelo. Reena ha metido la punta de sus botas en un montón de cenizas. Seguramente habrán parado aquí más viajeros, los pocos que quedamos nos movemos hacia las colonias. No todos lo consiguen, de modo que no son colonias super pobladas. Quizá nosotras no pasemos de esta noche... nunca me detengo a pensarlo.
Saco mi manta de la mochila y la coloco en el suelo. Reena a mi lado, me imita.
Como siempre, y para evitar tentaciones, aprieto las manos en un puño y me las meto en los bolsillos.
—A veces me da por pensar en la extinción de los humanos. En cómo sería... y sin duda creo que el único que podía hacer que el ser humano se extinguiera, es el propio ser humano.
—¿Por qué piensas en cosas tan raras?—pregunta irritada—es decir... no es lo más agradable cuando estamos luchando precisamente para no extinguir nuestras vidas. ¿Acaso te estás rindiendo?
Tardo en contestar.
Estoy mirando al techo. Siempre lo hago para evitar posar mis ojos en ella. Porque si la miro, al instante querré tocarla, sentirla. Y las tentaciones hoy por hoy cuestan la vida.
—No. Pero es cierto que pienso que no nos queda mucho.
—Pues aprovechemos lo que nos queda, ¿quieres?
Noto que se revuelve, probablemente se ha dado la vuelta y esté mirando de cara a la pared. Se ha enfadado, otra vez. Últimamente siento que no hago nada a derechas con ella. Y me duele no poder hacer que toda esta mierda sea más fácil. Porque no lo es. Es una mierda agonizante e inquietante que parece que nunca vaya a acabar.
No. Acabará. Está a cien kilómetros de acabar.
Cierro los ojos pensando en que queda poco.
En que quizá, con suerte también queda poco para tocarla.


La carretera, antes desierta, es ahora territorio de animales salvajes que no dejan de correr junto a las ruedas del coche. Reena me mira, tensa, pero no puedo prometerle nada. No puedo hacer más que conducir, puesto que si me paro corremos el riesgo de que los animales nos ataquen, o surja un nuevo tornado y no podamos avanzar mucho más. Queda poco, muy poco. Quizá unos veinte kilómetros. Solo espero que cuando lleguemos encontremos algo lo suficientemente alentador para darnos las fuerzas que ahora nos faltan tanto.
Un sonido me pone alerta. Primero suena como una pequeña explosión. Luego le sucede otra, y otra más. Finalmente el motor se para.
—¿Qué?—chilla Reena—¿no nos queda gasolina?
—Eso parece.
Los animales, a lo lejos, aullan.
—¿Y qué hacemos? ¡Estamos en mitad de la nada!
—Tendremos que ir a pie, pero no podemos defendernos de esos animales, habrá que esperar para salir...
A Reena no le gusta la idea, pero sabe que no queda otra salida. Los animales, lobos salvajes, llegan hasta nosotras y rodean el coche. Los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas y pese a ello no se mueven de aquí. Ojalá pudiéramos tocarlos y deshacernos de ellos, pero nos harían pedazos en cuanto pusiéramos un pie fuera. Rodean el coche como si se tratara de una presa. Y el calor, la sed y el hambre nos irrita y nos pone tensas. No podemos pasar mucho más tiempo aquí dentro si queremos sobrevivir.
De repente un fuerte viento comienza a levantarse y los animales huyen. Comienza lo que parece una tormenta de arena que no nos deja ver.
—¡Salgamos! Es ahora o nunca—grito para intentar hacerme oír por encima del sonido del viento.
Escucho como Reena cierra la puerta del copiloto y se pega a mí para intentar luchar a contra viento. Nuestros pasos se hacen pesados, como si hubieran atado algo a nuestros pies, sin embargo logramos avanzar poco a poco. Encontramos un pequeño edificio en ruinas en el que nos guarecemos para huir de la tormenta.
—No lo conseguiremos—se desespera Reena—aún falta mucho y esta tormenta no sabemos cuánto pueda empeorar. Y... tengo hambre y sed, Beth, siento que mis fuerzas flaquean. Ojalá fuera más fuerte.
—Eres fuerte—la animo—yo lo soy. Lo soy por ti. Porque si estoy luchando es por ti, por las ansias de llegar a esa colonia y que me digan que existe una cura a esto.
—¿Cómo puedes decir que por mí?
Su pregunta me sorprende y me duele a la vez. La arena se cuela por los resquicios de las paredes, a punto de desmoronarse. Pero no presto atención a la tormenta, solo la miro a ella.
—Ni siquiera me miras—espeta Reena—cada vez que vamos a dormir miras hacia otro lado, cada vez que estamos cerca metes tus manos en los bolsillos. Cada vez que nos quedamos en silencio... lo rompo yo. ¿Y aún dices que todo esto es por mí?
Cierro los ojos, me escuecen. Ya no sé si por la arena o porque quiero llorar.
Me esfuerzo por girar el rostro para mirarla.
—Reena... ¿de verdad piensas que todo esto no es por ti?—pregunto lentamente—si no te miro, es para evitar la tentación de querer besarte. Si meto mis manos en los bolsillos es porque luchan cada segundo por tocar tu piel. Si no rompo los silencios es porque solo me saldría decirte que te quiero. Y si lo hago, puede que después quiera atraerte hasta mí y no soltarte. Sabes tan bien como yo lo que sucedería si todo eso pasara...
Abre la boca, pero no dice nada. Veo como poco a poco sus ojos se empañan y una lágrima surca su rostro. Daría lo que fuera por recogerla con mis labios, Reena. Porque no te doliera. Pero no puedo.
—Estoy cansada, Beth. No creo que pueda aguantar más, no llegaré hasta la colonia.
—Yo tampoco...
—Lo que más me duele no es el cuerpo. No es el estómago, los ojos, las piernas o la espalda. Es el corazón...
Me estoy rindiendo, Reena. No sigas.
—Estamos perdidas. No hay coche, hay animales salvajes, el tiempo... hemos perdido. Hemos perdido, Beth. Si voy a morir, quiero que sea habiéndote sentido.
Me he cansado.
Me he cansado de luchar contra lo inevitable. Si tenemos que morir... que sea así.
Entonces me acerco a ella. Nuestros rostros están a escasos centímetros, y la miro. No le estoy pidiendo permiso, porque sé que quiere que lo haga, simplemente me estoy despidiendo. No hacen falta palabras, no hace falta decir nada más. Sabe que la amo, que todo lo que hice fue por ella. Pero, ahora que no hay más remedio, ¿qué más da?
Mis labios están solo a unos milímetros de los suyos. Queda poco. ¿Cómo será la muerte? Seguro que ahora, algo dulce. Ni siquiera me enteraré. Esta es la mejor manera de decir adiós.
Adiós, mi amor. Al menos hemos tenido cierta suerte.

Justo cuando la tormenta se detiene... la beso.


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