martes, 11 de agosto de 2015

Hiéreme para salvarme...

—Mando, ¿me reciben? Objetivo localizado, posición dos cero dos, listos para disparar. Esperamos instrucciones.

—Permiso concedido.






Las luces se apagan y sé que algo ha sucedido. Aquí es la manera que tienen de advertir que algo pasa, que nos estemos quietos y callados en nuestras celdas porque algo ocurre ahí fuera. El silencio se apodera de toda la planta baja del búnker pero yo no soy capaz de quedarme quieta, no sabiendo que la buscan y que cada minuto cuenta. Cojo el pomo de la puerta despacio y lo giro hasta que oigo el sonido que me indica que está abierta. No la abro mucho, lo suficiente para caber de lado y me adentro en el oscuro pasillo que hay delante de mí. Está todo lleno de puertas de otras habitaciones con personas igual de asustadas que yo. Personas que también tienen padres, madres, hijos, sobrinos y otros seres queridos ahí fuera. Ahí donde está ella. Ahí de donde aún no puedo rescatarla.

Recorro el pasillo hasta el final, donde hay unas escaleras. Cuando llego al primer piso busco la sala de mando, el panel de control me indicará la situación. Es la puerta que está al fondo y aunque sé que está llena de guardias no me vengo atrás, saco una piedra de mi bolsillo y la tiro al final del pasillo. Todas las armas apuntan al lugar de donde proviene el ruido y los guardias empiezan a moverse. Escondida tras una columna ninguno advierte de mi presencia,  así que aprovecho para salir y meterme en la sala de mando. Miles de botones que no entiendo, un proyector que indica la posición de los deslizadores de combate y un mapa de la sala de armamento. No sé a qué tengo que tocar para activar las cámaras y no cargarme nada. No sé qué tengo que hacer para arreglar todo esto.

—Si te pillan aquí, te machacarán—dice una voz detrás de mí.

Me giro aliviada, reconozco a quién me habla. Matt. El único amigo que me queda en esta trampa para ratas. El único de nosotros a quién han puesto al frente y lo han reclutado como soldado. A mí no me han dejado porque mis sentimientos podrían jugármela en el frente de batalla. Matt lo ha perdido todo, ya no queda nadie por quién no le importe quedarse atrás.

—Tengo que saber dónde está, no puedo quedarme aquí sabiendo que ella sigue ahí fuera—contesto y me acerco a él, derrotada.

Noto como las lágrimas se agolpan en mis ojos y una sensación de ahogo se instala en mi garganta. Quiero llorar. Quiero llorar y no parar hasta que todo lo que hay dentro de mí se seque. Matt me acaricia la cabeza lentamente, como solía hacer cuando los guardias vigilaban nuestras casas y yo no podía dormir. Esas noches él se escapaba de la suya y entraba por la ventana de mi habitación para hacerme compañía, para hablarme. Para decirme que todo iba a salir bien.

—Callie... entiendo que estés desesperada, son muchos los que tienen a alguien afuera. Pero por ahora solo podemos esperar. Ya has visto, se han apagado las luces. Los bombarderos están arrasándolo todo en la superficie, no podemos hacer nada. 

—¿Por eso han apagado las luces? ¿Hay bombarderos ahí fuera?—pregunto desesperada.

Matt asiente.

—Unos doce—anuncia—nuestros deslizadores de combate están haciendo todo lo que pueden. Si lo que quieren es arrasar esto...

—No es eso lo que quieren.

—¿No? ¿Y tú qué sabes?

Suspiro, comprendiéndolo todo.

—Saben que estoy aquí. Quieren advertirme.—me aferro a la mesa del panel de control, intentando no caer—tratan de decirme que si Sarah se acerca a este sitio, si entra... la matarán. Han comprendido mi punto débil desde el principio pero me hicieron creer que sería sencillo escapar. Si no les doy lo que les robé...

Cierro los ojos con fuerza. Allá donde esté Sarah no puede encontrarme. Los bombarderos nunca han buscado destruir a estas personas, su objetivo siempre he sido yo. Siempre fui yo desde que les quité aquel chip que hacía funcionar el transmisor de ondas con el que quieren esclavizarnos a todos. Y también saben lo de Sarah, que haría cualquier cosa por ella. Que la seguiría a donde fuese.

—¿Cómo estás tan segura de que saben que estás aquí?

—Lo que me extrajeron del cuello el día que llegué era un neurotransmisor. Cuando robé aquel chip, antes de salir del edificio noté un picor en el cuello que se inflamó hasta dejarme un bulto del tamaño de una nuez. Aquí me lo quitaron y me curaron, poco después confirmaron lo que era. Esa cosa les ha dicho mi posición, es una medida de seguridad antirobos bastante inhumana, aunque efectiva. Era cuestión de tiempo que me encontraran.

—¿Y pese a ello te han dejado permanecer aquí? ¿Para que les pongas en peligro a todos?

De algún modo me hiere el comentario. Entendía que como soldado su deber fuera proteger a los demás, pero yo era su amiga... Me tomo un tiempo para contestar.

—Kendra me dijo que no habría peligro, que detendríamos el ataque. Pero que me protegerían.

Nos miramos fijamente hasta que una luz azul en el panel de control nos llamó la atención. Los bombarderos dejaban su posición y anunciaban retirada. Todo estaba despejado. Era una advertencia sin lugar a dudas, y aunque estaba desolada... esta vez sentía que no tenía a nadie que pudiera consolarme.







—¿Cómo os conocisteis?

Max está apoyada con los codos en la mesa. Ha dejado todo su plato sin tocar, pero no me extraña. El mejunje gris con el que nos alimentan en este sitio es de todo menos apetecible. Ella fue la primera persona a la que conocí cuando llegué a este lugar y quizá la única que se acercó a mí sin ningún tipo de reparo. Desde entonces somos amigas y siempre nos sentamos juntas en el comedor.

—Se equivocó de usuario en el merochat—contesté.

—¿Así sin más? Qué poco romántico. Ya pensé que dirías que os conocísteis en una dura batalla contra los opresores y que ella cubría tus espaldas con una pistola de calibre dos...

—Ella no sabe manejar armas.

—¿Ah, no? Insensato para los tiempos que corren...—se encoge de hombros.

Río.

—Sarah es... más delicada. Repele cualquier tipo de violencia y además es muy mala con las armas. Eso es lo que me quita el sueño cada noche, no saber si estará siendo capaz de defenderse ahí fuera. No saber si podrá sobrevivir. Daría cualquier cosa por cambiar la situación y que fuera ella la que estuviera aquí en vez de yo.

—¿Sabe que la quieres?

La pregunta me coge de sorpresa.

—¿Cómo?

—Que si sabe que la quieres.

—Sí, claro que lo sabe. Me preocupaba por decírselo cada día.

—Entonces sobrevivirá. El amor es el único escudo que necesita. Con esa fuerza... nada podrá pararla hasta que no vuelva a verte de nuevo.

—¿Crees que...—no pude terminar la frase. Por un momento me sentí vulnerable y me arrepentí de habérsela formulado, pero necesitaba tanto oír palabras de aliento...

—... que llegará hasta ti? Lo hará. Te estará buscando con la misma fuerza que tú la estás buscando a ella ahora.







Las pesadillas martillean mi cabeza y me agobian. Abro los ojos con la sensación de que el dolor sigue ahí y el ruido aún está instalado dentro. Sin embargo me percato de que el sonido es real y alguien golpea la puerta de mi celda. Abro lo más rápido que puedo y Matt irrumpe en la habitación como un rayo.

—Callie...—pronuncia casi sin aliento—... es Sarah. La han encontrado. Se dirige hacia aquí.

Me quedo paralizada durante unos instantes. Sarah... no puede ser. Está viva. Está sana y salva y a tan solo unos momentos de reunirse conmigo. Pero mi interior, la parte de razón que no interfiere con los sentimientos, dice que debo ser sensata y alejarla de aquí o la matarán. Debo alejarla para salvarla.

—Llévame a la sala de mando, ¡ahora!

Matt y yo recorremos los pasillos corriendo. En pocos segundos los guardias nos dejan pasar y entramos en la sala de mando, donde Kendra mira el exterior desde el proyector del panel de control.

—¿Es esa tu amiga?—pregunta sin darse la vuelta. No le hace falta para saber que soy yo.

—Es ella, viene hacia aquí. ¡Debo detenerla!

—Mandaremos un deslizador de combate para que la aleje, tan solo unos disparos lejanos, no le harán daño.

La idea me parece horrible, pero no solo porque pueda poner a Sarah en peligro. Es otra cosa la que me aterra.

—No funcionará—chillo, casi sin aire. Sarah está cada vez más cerca.—Aunque le lancéis todos los disparos del mundo no parará hasta encontrarme. No sé cómo ha podido dar conmigo pero... nada va a pararla.

Se hace el silencio. Para Kendra, Sarah es otra civil más a la que salvar, sin embargo no va a gastar esfuerzos solo por ella. Desesperada, mi mente traza un plan que podría funcionar, aunque mi corazón no lo resista.

—Creo que sé cómo puedo salvarla. Cómo puedo alejarla... si conectas la cámara del proyector y proyectas la imagen fuera, puedo mandarle un mensaje.

—Callie, ¿qué vas a decirle?—pregunta Matt sin comprender.

—Los bombarderos están vigilando esta zona dispuestos a cualquier oportunidad de sabotaje, si la ven, dispararán. No permitirán que se acerque. Si convenzo a Sarah de que no la quiero, ella se alejará... y los bombarderos verán que no es tan importante para mí. Ya no será una moneda de cambio y la dejarán en paz. Podré salvarla.

Kendra asiente y aprieta mi hombro mostrando apoyo. Ha comprendido que el plan puede funcionar y que es la mejor manera.

—¿Y crees que te va a creer?—pregunta Matt.

—Tendrá que sonar convincente—contesta Kendra—adelante, la cámara está conectada.

Me sitúo frente a la cámara y frente a la parpadeante luz verde de encendido. En la pantalla vemos a Sarah cada vez más cerca, caminando sobre la nieve. Su piel es solo algunos tonos más oscura y parece aún más cándida rodeada de todo ese blanco.

—Sarah—la llamo, y mi voz de oye fuerte en el exterior.

En la pantalla veo como se envara y me busca. Por fin me advierte, a lo lejos, en un holograma. Sabe que solo soy una imagen, que no puede tocarme, pero aún así su rostro se ilumina y comienza a caminar aún más rápido.

—¡Callie!

Sus pasos son rápidos, aunque torpes. Tropieza varias veces con la nieve y se moja por completo el bajo de la falda. Sé que no debo perder el tiempo, que tengo que sacar fuerzas de donde no las tengo para hacer que se vaya.

—Detente, Sarah, no des un paso más.

Sarah duda por un momento, y ralentiza el paso.

—¡He dicho que te pares!—exclamo.

Lo hace. La confusión de su rostro, me duele.

—Callie, ¿dónde estás? ¿por qué apareces en esa imagen? He tardado mucho en encontrarte... Casi me cogen, tengo hambre y frío. No he podido parar hasta dar contigo. Callie, por favor, ¿dónde estás?

Me fuerzo a hablar.

—Donde no puedes encontrarme—intento que mi voz suene dura—no quiero que me encuentres, da media vuelta.

—¿Que dé media vuelta? Callie, ¿qué te pasa? ¿estás bien?

—¡Vete de una maldita vez!

Sarah se lleva las manos al pecho. Le duele.

—No pienso irme sin ti, ¿dónde estás?

—¿Qué parte no entiendes? No quiero que me encuentres. No puedo estar ocupándome de una inútil que no sabe defenderse sola, sería cuestión de tiempo que me arrastraras contigo y me mataran. Eres una idiota si pensaste por un momento que sentía algo por ti... solo quería llevarte conmigo hasta encontrar ese chip. Por si podía utilizarte para algo. Y ni por esas mi fuiste útil.

Sarah baja el rostro y aprieta los puños. Igual que los aprieto yo ahora. Me duele decirle esto pero es la única manera de salvarla. Lo siento. Lo siento. Lo siento.

—No... no hablas en serio—levanta el rostro. Veo como una lágrima surca su precioso rostro de porcelana—... no es cierto.

—¿Que no es cierto? ¿De verdad te creíste algo de lo que te dije? ¿Por un momento pensaste que sentía aquel beso la noche del asalto? Era un modo de tenerte segura, de que no te alejaras hasta que viera de qué modo podías serme útil.

No me creas, mi amor, por favor, no me creas...

—Callie, para, por favor... no es verdad lo que dices—su voz se quiebra, mientras da un paso más. Debo alejarla como sea.

—¿Y aquel "para siempre"? Pura mierda. En realidad estaba pensando en lo bien que ibas a venirme cuando los soldados nos encontraran. Les dejaría que te llevaran a cambio de que me perdonaran la vida, para follarte o tenerte como juguete, no sé qué coño harían con una chica como tú.

No es verdad, Sarah, no me queda otro remedio. Por favor, mi vida, perdóname... por favor...

—¡CALLIE, PARA! ¡PARA POR FAVOR! ¡No es cierto! Aquel para siempre existía, existe ahora. No puedo creer que fuera mentira todo aquello. El beso, nuestra promesa, lo que dijimos antes de entrar al asalto... ¿y esta cinta? ¡DIME QUE NO ES NADA PARA TI!

Alza su muñeca derecha al aire y me deja ver la cinta roja que le di. Simbolizaba nuestro destino, que estábamos atadas la una a la otra. Unidas. La cinta ahora estaba ajada y mugrienta, llena de nudos allí donde se había roto y Sarah había intentado recomponerla. Aprieta su muñeca y le está dejando una marca roja pero, pese a ello no se la quita.  

Intento no ponerme a llorar y resistir las ganas de salir de aquí para correr hasta ella y abrazarla. Para consolarla entre mis brazos y no soltarla nunca.

—Otra estrategia—digo con toda la entereza que soy capaz de demostrar—sabía que cualquier detalle, cualquier cursilería... haría que me ganara tu confianza. Y vaya que si has confiado en mí, tanto que me seguiste como un perrito faldero allá a donde iba. Pues ya no me eres útil, así que deja de perseguirme y lárgate.


Ojalá me perdones algún día, mi amor. Ojalá entiendas que todo esto lo hago por salvarte.

Está rota. Su expresión la delata y su rostro lleno de lágrimas refleja las grietas que poco a poco van haciéndose en su corazón. Ahora da un paso hacia atrás y suspiro disimuladamente. Me cree. Está creyéndose lo que le digo y se plantea marcharse. Eso debería alegrarme y sin embargo me rompe por dentro.

—Dime que no me amas.—su voz suena neutra, sin vida. Sin su candor habitual.—Dime que no me amas por todas esas noches en vela, besándonos hasta el amanecer. Dime que no me amas por el eco de nuestras risas retumbando contra las rocas de las montañas. Dime que no me amas por el único abrazo que es capaz de reconfortarte, por la única persona a la que eres capaz de entregarte. Dime que no me amas... y me marcharé.

No me pidas esto, Sarah... no puedo mentir en esto. No puedo mentirte en esto.

Clavo mis uñas en el dorso de mi mano y siento el calor de una gota de sangre recorrer mi piel. Me he herido. Pero no duele. Ningún dolor se compara con el que siento al mirar sus ojos llenos de desasosiego. Un nudo en mi garganta impide que salga palabra alguna y trago saliva para intentar disiparlo. Tengo que hacerlo. Esto es por ella. Para mantenerla con vida. Juro que volveré a encontrarla y haré pagar a todos los que hoy me obligan a hacerle daño. Pero debo sacar fuerzas.
No hay otro camino.

—No te amo.

El sonido de los bombarderos se escucha a lo lejos. Han entrado de repente en nuestro terreno. Comienza una nueva tanda de disparos...

... pero Sarah ya está demasiado lejos.








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