domingo, 13 de diciembre de 2015

Nomeolvides... [2ª parte]

Los días posteriores a la noche del anuncio real, intenté evitar a la princesa como pude. Fue una tarea difícil teniendo en cuenta que era doncella personal en su corte, pero hice lo que estuvo en mi mano para no fijar mis ojos en los suyos o en su preciosa sonrisa. Algo me estaba pasando, algo que sabía que no era correcto. Y mi mente quería dar respuestas a preguntas que sabía que no debía hacerle. ¿Por qué me besó, majestad? ¿Por qué no puede dejar de mirarme? ¿Por qué me sonríe cuando cree que los demás no nos miran? Mi cabeza martilleaba y esos pensamientos me taladraban haciéndome daño. No sabía lo que sentía, pero... sentía algo. Y lo sabía con certeza porque cada día me daba más cuenta de lo poco que me gustaba que la lastimaran, verla sufrir de aquel modo por su elección y por su inminente futuro.
Una mañana, en la sala de ocio, el bullicio era tan insoportable que tenía que luchar contra mi cuerpo, que hacía todo lo posible por intentar salir de allí. Las damas estaban ansiosas por su prometida fiesta, llena de caballeros solteros y altos rangos de la corte. Jóvenes que las cortejarían y probablemente comenzaran con ellas un idilio que acabaría en algo más. Con suerte dejarían de ser casaderas para pasar a ser prometidas y, tras una suntuosa boda, formar una familia. A ninguna parecía importarles los sentimientos reales de la princesa, que escondía muy bien tras su sonrisa de cortesía. Casarse no entraba en sus planes, al menos no así. La sola idea, igual que a ella, me ahogaba.
—Ya me he probado el vestido que llevaré—cacareó Eda, orgullosa—esa estúpida modista de Leidan no ha sabido captar mi figura, ¡apenas se marca nada! He pedido que quemen esa porquería y que diseñe uno nuevo. Lo traen mañana.
La joven dama comenzó a pasar sus dedos por su cintura y sus senos, intentando remarcarlos sobre el vestido azul cielo que llevaba puesto y que no hacía justicia a su imponente figura. Por un instante llevé mis ojos hacia mi cuerpo, tapado con aquellas pesadas telas marrones y ese mandil y suspiré. Incluso aunque mi traje de sirvienta fuera ajustado y llevara un corset debajo como todas las damas de alta alcurnia, jamás podría lucir una figura así. Ebonnine me llamó y le serví té. Me sonrió en agradecimiento justo antes de dirigirse a Eda.
—No deberías haber hecho eso, eres muy caprichosa, ¿sabes lo que le ha costado hacerlo a esa modista?
—¡Bah! Le dije algo y no lo ha cumplido, ¿qué culpa tengo? Quiero que para esa noche sea todo perfecto, ¿qué llevarás tú?
—N-no lo sé, no estoy... tan entusiasmada.
—Claro—interrumpió Geraldine—¿crees que no sabemos por qué? No te hace falta arreglarte ni preocuparte por tu atuendo porque no tienes a nadie a quién impresionar.
Su portentosa voz resonó en toda la sala. Eda sonrió con malicia, mientras que Eboninne comenzaba a enrojecer. Busqué con la mirada a la princesa para que pudiera socorrer a su prima quién parecía estar cada vez más acorralada por las insinuaciones de Geraldine, sin embargo se encontraba en el punto más alejado de la sala, el rincón de la biblioteca. Buscaba un libro, junto con Sera, quién le servía un poco más de té. En cierto modo me alegré de que estuviera tan lejos... y a la par dolía.
—¿Qué quieres decir?—contestó por fin Ebonnine.
—Quiero decir—Geraldine alzó la voz intencionadamente—que ya has impresionado a un caballero, así que no te hace falta preocuparte.
—¿Cómo sabes...?
—Vamos, Ebonnine—rió Eda—eres demasiado evidente, tus pequeños ojitos están más encendidos que de costumbre desde hace semanas, ¿quién es él?
—N-no es... nadie...
Geraldine y Eda se acercaron para poder unir sus risas, dejando a Ebonnine avergonzada y sin saber qué decir. Si estuviera en mi mano les tiraba uno de los enormes cojines sobre los que se sentaban, sin embargo solo podía lanzar miradas de apoyo a una enrojecida Ebonnine que parecía hacerse cada vez más y más pequeña.
—Parad de una vez.
Su voz, mi voz, esa que parecía miles de pájaros cantores entonando una melodía a la par, había resurgido de repente, cesando con su poder las risas de las demás. 
—Si mi prima está o no conociendo a algún pretendiente no es asunto nuestro—siguió la Princesa Alia—al menos hasta que ella desee contarlo.
Ebonnine suspiró y lanzó una mirada de agradecimiento a su prima.
—Y no quiero volver a oír hablar de vestidos, modistas, caballeros ni bailes en lo que queda de semana, ¿entendido?
—¡Qué carácter!—se quejó Eda cruzándose de brazos.
Abrió la boca para añadir algo más pero la fulminante mirada de la princesa la calló.
—Necesito tomar el aire, voy a salir del castillo. Nos reuniremos en el Gran salón a la hora de cenar, mi madre desea vernos—y entonces se giró hacia mí—iré a dar un paseo a caballo, me llevaré a una de mis doncellas. Lide, ¿me acompañas?
—Sí, majestad—logré pronunciar.
Y salí de la sala tras ella.
Solo el fuerte latido de mi corazón acallaba las quejas de las demás.



Los exteriores del castillo estaban igual de controlados que su interior. Incluso aquí, en el más profundo bosque que rodeaba las inmediaciones de palacio, había guardias desperdigados, dispuestos a atacar a todo aquello que pudiera perjudicarnos. Iba con la Princesa Alia a lomos de un caballo, sentada de lado e intentando no caer. Ojalá tuviera mi atuendo de caza, con unos pantalones que, aunque cosidos a mano y con desperfectos, serían más cómodos que este pesadísimo y ancho vestido. La Princesa al contrario que yo iba ataviada con un lujoso traje de amazona compuesto por unos ajustados pantalones color verde musgo y una camisa de lino fresca y liviana, que la permitía manejarse. La princesa miró hacia los lados y sin advertirme espoleó a su caballo y este salió del camino al galope, sorteando los árboles a toda prisa. Nos alejábamos cada vez más y más, hasta que el bosque fue haciéndose cada vez más oscuro ya que las copas de los altos árboles que allí crecían tapaban el sol.
Cuando por fin llegamos hasta una colina, la princesa tiró de las riendas y el caballo se paró inmediatamente. Había viajado asida a su cintura todo lo fuerte que había podido y al parar me había costado soltarme, estaba aterrada. La princesa bajó del caballo y me ayudó a bajar a mí también. Me tambaleé un poco al apoyar los pies en el suelo.
Caminamos lentamente hasta la cima de la colina, donde, como si hubiera estado esperándonos, había un árbol que daba una sombra deliciosa sobre la que había dispuesta una pequeña manta.
—Sentémonos—dijo por fin la princesa.
Obedecí, sin embargo me alejé lo más que pude. Fue inútil, pues ella salvó las distancias y se sentó muy pegada a mí, rozando las telas de mi vestido.
—Has... estado evitándome—afirmó. Hubiera preferido el tono de pregunta, pues no sonaría como algo que le hubiera dolido.
—Sí.
—¿He hecho algo... malo?
—No.
Intenté decir algo más pero, ¿era lo correcto? ¿Debía soltar todo lo que escondía mi interior? Pensé que la princesa se enfurecería, pero al contrario, rió. Rió muy fuerte sin poder dejar de mirarme. Aunque estaba desconcertada, no pude evitar reír a su par. Me gustaba que lo hiciera.
—Imagino que... no habrás sabido como comportarte después de lo que hice la otra noche, ¿verdad?—su sonrisa era triste.
—Alteza, yo...
—Llámame Alia.
Mi corazón comenzó a palpitar fuertemente, ¿Alia? Podrían condenarme a un buen castigo si me atrevía a dirigirme con tanta intimidad a nuestra princesa. Yo, una doncella. Pero nadie nos veía. Ella había previsto todo esto: alejarse del camino, llegar a esta colina sin guardias ni ningún miembro de la corte alrededor, la manta... quería hablar conmigo a solas. Quería hacerlo.
—No debería...—comencé a decir, pero ella negó con la cabeza.
—... me gustaría que lo hicieras—me cortó—además, aquí nadie nos ve. Nadie nos juzga. Podemos dejar de ser una princesa y una doncella. Y ser simplemente nosotras.
Sonreí levemente, y con la misma rapidez me asaltó el desconcierto de nuevo.
—¿Por qué hacéis todo esto?
—Si vas a llamarme por mi nombre también puedes abandonar el tono cortés—rió, pero acto seguido adoptó una pose más seria—porque me gustas.
Mi corazón parecía querer salírseme del pecho.
—¿Que os... te gusto?
—Ajá.
Entonces reí todo lo fuerte que no había reído hacía tiempo. Su franqueza era maravillosa y cada vez me daba más cuenta de que ella también me gustaba a mí. No sabía de qué forma, pero sí que había ido surgiendo poco a poco, de manera natural. Empezó deslumbrándome al conocerla y después... me descubrí siguiéndola con la mirada a todas partes, buscándola, vigilando cada uno de sus pasos preocupada y anhelante.
—Y me gustaría conocerte más—concluyó.
—No hay mucho más que saber aparte del sueño que te conté la otra noche, eso es todo lo que tengo.
—Seguro que no—sonrió—¿qué me dices de tu color favorito?
—Me gusta el rosa—contesté.
—¿El rosa?—y su risa sonó melodiosa entre las ramas de los árboles.
—¿Qué te hace tanta gracia? 
Tratarla como a una amiga y confidente y abandonar el tono cortés que se utiliza al dirigirse a una princesa era más fácil de lo que creía. Me sentía cómoda.
—No pareces el tipo de chica al que le gustaría el color rosa.
—¿Y se puede saber porqué crees eso?—la reté.
—Precisamente por tu tono impertinente—rió de nuevo.
—¿Soy una impertinente?
Sus ojos se achinaron al intentar contener la risa. Disfrutaba viéndome confundida.
—Creo que eres del tipo de personas que no se deja amedrentar, eso me gusta—contestó—por ejemplo el primer día de vuestra llegada... no te dejaste avasallar por los comentarios de Eda, mientras que la otra doncella se mostró más sumisa. Eso, por ejemplo, no es fácil de hacer. Eda amedrenta a cualquiera.
—A mí no me asusta.
—¿Ves? Ahí tienes tu respuesta.
Sonreí de lado y me acerqué un poco más a ella. Nuestras piernas se rozarían de no ser por las telas de mi vestido.
—¿Y tu color favorito?
—El verde—contestó rápidamente—el color del bosque. A mí también me gusta mucho, incluso salgo a cazar cuando me aseguro de que no hay guardias alrededor.
—¿Tú también?
Asintió.
—Aunque seguro que no soy tan buena como tú.—me guiñó un ojo—También me gusta el color gris. El color de los lobos que hay en este lugar. A veces se acercan a mí, cuando subo a esta colina a descansar y ver sola la puesta de sol. Se quedan en la linde del bosque, observándome con sus ojos color ámbar. Nos hacemos compañía.
—Pero tú ya tienes compañía... las damas...
—Lo sé, pero a veces disfruto de la soledad. De vez en cuando necesito estar únicamente conmigo misma—sus ojos, de nuevo, parecen querer traspasar los míos—evidentemente me encanta la compañía de mis damas, pero también estos momentos son necesarios.
—Lo comprendo—asentí.
—Créeme, después de todo un día rodeada de cacareos y rumores sobre la nobleza, son más que necesarios—siguió—las quiero mucho, pero a veces siento no encajar.
—¿Cómo pasaron a formar parte de tu corte?
Alia miró hacia arriba, donde se mecían las hojas del árbol.
—Ebonnine es mi prima—comenzó—un verano vino de visita con su familia y mi madre convenció a mi tía de que se quedara a hacerme de dama de compañía. Como mi tía lo único que deseaba era casarla, sabía que tendría más posibilidades cerca de la heredera al trono del Reino, de modo que lo consintió. A mi prima no le quedó mucha más opción que quedarse.
Imaginé a Ebonnine apenada por tener que dejar su palacio, su comarca y todo lo que conocía por mudarse junto a su prima. Incluso si tenía allí a un joven pretendiente, tuvo que abandonarlo. Sin embargo, y pese a conocerla poco, sabía que Ebonnine no habría expresado queja alguna. Habría asentido y cumplido con su destino como buena hija que era, como buena sobrina y buena prima al servicio de su majestad.
—Eda y Geraldine son mis fieles amigas de la infancia—prosiguió—sus familias son muy cercanas al Rey, de modo que cuando tuvieron la edad, entre todos decidieron que, al igual que mi prima, se quedarían a vivir en palacio para ser mis damas de compañía. Eda quedó encantada con la idea, pues sabía que la rodearían aún más lujos y comodidades y podría aspirar a casarse con el caballero que quisiera. Geraldine estuvo disgustada durante mucho tiempo, e incluso a día de hoy, viéndola, sigo pensando que odia estar aquí, aunque desconozco el motivo.
Mientras contaba su relato, apenas podía apartar mis ojos de su perfecto rostro de porcelana. De sus labios rojos como las fresas, que se movían de una manera delicada, como meciéndose con el viento. Ella seguía inmersa en el vaivén de las hojas de los árboles.
—Todas son estupendas y a todas las quiero de una manera especial, sin embargo... nunca he podido conversar con ellas de ciencia o aritmética, de filosofía o literatura... ni de nada que no sean sedas o caballeros.
—No seas injusta, creo que tu prima sería la persona idónea para hacerlo.
Alia sonrió.
—Y lo es, sin embargo hace bastante tiempo que tiene sus pensamientos en otro sitio.
—¿Un caballero?
—Probablemente.
Suspiré.
—Yo tampoco creo que sea la persona más idónea para mantener ese tipo de conversaciones que buscas, princesa—confesé—puede que yo no aspire más que a casarme con un pobre sirviente de la corte y que nunca vestiré sedas o telas de las cuales poder presumir, pero... yo solo sé del bosque y las estrellas. No conozco nada más.
—¿Y te gustaría?
—Claro que me gustaría, pero... las sirvientas no aprendemos esas cosas.
—No importa, yo puedo enseñarte.
—¿Cómo?
—Nadie nos vigila aquí, ¿no? Podríamos huir cada tarde, cargando libros y mapas.
Esta vez mi suspiro fue mayor.
—Si descubren que una princesa está enseñando cosas a una simple sirvienta te decapitarán.
—Bueno, así se acabaría mi problema del casamiento. Nadie casa a un príncipe con un cadáver.
Reí durante lo que me parecieron varios minutos, pero no pude hacer otra cosa que asentir.



Los días siguientes se sucedieron sin darme cuenta, entre idas y venidas al bosque. Alia se escabullía conmigo cada vez que podía, alegando necesitar aire fresco o simplemente estar sola. Yo agradecía el tiempo que podía pasar con ella que, cuando más era, más lo necesitaba. Era como una abeja que buscaba ir hacia la miel, atraída por su aroma y su forma de ser. Lo mejor es que a ella le pasaba lo mismo, y todo mi cuerpo lo notaba. Increíblemente no cesaba de buscarme con la mirada, de dedicarme sonrisas y rozarme siempre que podía. En el bosque era muy diferente... sin las miradas de los demás teníamos libertad para hacer lo que realmente sentíamos. Primero fue un roce, luego un gesto, más tarde un abrazo y finalmente volvió a besarme. Era como si las dos hubiéramos estado esperando ese momento de nuevo y nuestros labios hubieran conservado a los de la otra en su memoria táctil. ¿Aquello estaba bien? Primero era una princesa y segundo una mujer. Y yo no solo también era una mujer sino una doncella, una burda sirvienta. Aquellos pensamientos solo duraban un segundo, porque cuando volvía a besarme no solo los olvidaba a ellos, sino que me olvidaba de mí misma. Ella tenía esa especie de poder sobre mí...
—Edobar está al norte, cerca de las Montañas Rocosas—me enseñaba una tarde—y a su lado las colinas de Candor.
—Justo frente al bosque de Misandre—recordé.
—Buena chica...
Me acarició la sien con mucha dulzura, y cerré los ojos a su tacto.
—Gracias por... enseñarme, quizá en un tiempo pueda tener una buena conversación.
—Ya la tienes—contestó—es solo que dentro de poco también podrás agregar una más.
—Tú eres muy inteligente y llevas toda una vida estudiando todo esto... mi cabeza es una roca dura e impenetrable, ni en años podría abarcar todo lo que tú sabes.
—Sí que lo harás, con mucha paciencia.
—Confías demasiado en mí.
—Ajá, tú también deberías—rió de pronto.
—Lo mismo podría decirte yo a ti, princesa, apenas confías en ti. Aún no... le has dicho nada a tu familia, nada sobre lo de no querer casarte. Queda una semana.
—Es cierto, no confío en mí ni en que no me tiemble la voz cuando lo haga, pero sé que tú estarás alentándome y es lo que me da fuerzas. Lo haré pronto, te lo prometo.
No quería romper su determinación, pero tenía que preguntárselo.
—¿Y entonces qué pasará?—mi voz era un susurro inaudible.
—Que nos iremos de aquí—su firmeza era inquebrantable.
—¿NOS iremos?
—Tú y yo.
—¿Qué... qué quieres decir? ¿Vas a renunciar a ser princesa o algo así? ¿A... A dónde quieres ir conmigo?
—Quiero decir que...uf...
Su mirada era intensa, estaba seria y yo, sin embargo, expectante. Que lo dijera. Si era lo que yo pensaba, necesitaba que lo dijera. Dilo.
Dilo.
—... que te quiero, ¿vale? Y me da igual mi rango de princesa o que no se acepte en la corte. Después de todo lo que hemos vivido juntas creo que no sería capaz de sacarte de mi mente ni en toda una vida. Ha sido intenso, pero sobre todo, real. Y lo que siento por ti también lo es. No podría ser con otra persona.
—Pero... ¡no puede darte igual! ¿Y tu destino real? ¿Y tu familia? ¿Tus damas?
—Seguro que pueden encontrar una princesa sustituta. No tengo hermanos, pero la sucesión va al siguiente pariente directo. Mi familia... deberá entenderlo, y a mis damas podré escribirles siempre que quiera.
—Pero...
—¿No puedes decirme que me quieres y ya está?—preguntó entre risas.
Fruncí el ceño. Me preocupaba por ella, mucho. Sin embargo tampoco podía hacer nada por cesar su determinación y en el fondo a mí tampoco me importaba lo que pasara, si eso me permitía estar con ella. Le saqué la lengua y volvió a reír, negando levemente con la cabeza. Entonces se acercó a mí, puso su mano sobre la mía y nos miramos durante dos intensos segundos. Y me besó. Me besó todavía con más dulzura que las veces anteriores. Sus labios acariciaban los míos y yo bebía de ellos como el explorador perdido en el desierto que encuentra agua por fin. Sus finas y delicadas manos asían mi cintura con fuerza mientras yo entrelazaba mis gastados dedos con su pelo.
—Te quiero—susurré mirándola cuando nos separamos—y ya está.

4 comentarios:

  1. Esto es demasiado bonito para ser real :')

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  2. Jo, gracias, María, me alegra que te guste ^^

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    Respuestas
    1. No hay de que Bella, es cierto que todo lo que haces es precioso.

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    2. No hay de que Bella, es cierto que todo lo que haces es precioso.

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