jueves, 10 de diciembre de 2015

Nomeolvides...

Llegué a la corte una mañana de verano. Un buen día dos miembros de la guardia real nos escogieron a mí y a una chica tímida de pelo rubio, de entre todas las muchachas jóvenes del pueblo. No teníamos trabajo, éramos casaderas, y tampoco teníamos mejor lugar al que ir, nada nos ataba... aunque tampoco nos dejarían decir nada al respecto. Nos eligieron para viajar a la corte y servir a la futura reina.
¡Estupendo! Me quejé para mis adentros. Adiós a mis planes de libertad, de una casa junto al bosque, de mi futuro como cazadora y de quizá una vida junto a Radem. Aunque esto último era solo una idea vaga e intermitente que viajaba por mi cabeza. No me alentaba la idea de casarme. Yo solo quería cazar, salir al bosque y perderme entre la maleza y las hojas de los árboles. Tensar la cuerda del arco y dejar que el aire acaricie mis dedos justo antes de disparar. Vender mis piezas a los mercaderes y regatear el precio justo y con lo ganado comprar más material. Me quedaría las peores bestias, pero igualmente servirían para hacer un buen guiso con el cual sobrevivir. Todo era perfecto.
Pero llegué a la corte en un carruaje precario que nos dejó varios moretones provocados por los baches del camino. La chica rubia, llamada Sera, no pudo evitar lanzar un grito de admiración al contemplar ante ella las imponentes columnas situadas en la entrada del palacio. Un palacio blanco que deslumbraba como el sol. Yo sin embargo tan solo veía mi nueva cárcel, una sensación parecida a la que debían sentir los soldados que servían en el ejército, pobres chicos sin entrenamiento que eran sacados de sus ciudades, de sus familias, para alistarse por obligación como soldados. No podíamos más que asentir, pues así lo quería nuestro Rey. Estábamos hechos para obedecer.

Sera y yo fuimos llevadas al ala este del castillo, donde tras bajar varias estancias, estaban los aposentos de los criados. Estos nos miraron con odio al llegar, ya que en cierto modo teníamos otro rango diferente al suyo. Éramos las doncellas directas de la princesa del reino. Cuando me despedí de mamá me advirtió de esto, de que no seríamos bien recibidas. De que tendríamos que lidiar con miradas de desprecio y malos gestos, porque sin instrucción y siendo nuevas, habíamos entrado directamente a una posición privilegiada. Yo no tenía ganas de estar ahí, si por mí fuera les daba el puesto encantada. Todo suyo. Pero me tocaba.
Cuando terminamos de colocar las pocas pertenencias que habíamos logrado traer de casa, nos llevaron ante la princesa. Un guardia real nos paseó por el centro del castillo, todo ataviado de flores blancas y sedas doradas. Allá por donde miráramos todo era luz, color y lujo. Resplandecía. Muchas de las estancias, de las grandes salas que adornaban el palacio, tan solo eran habitaciones sin apenas muebles. Podían permitirse tener salas por tenerlas, solo para mostrar poderío.
—Esperad aquí—graznó el guardia, parándose frente a una enorme puerta de roble—anunciaré vuestra llegada y pasaréis solo cuando os llame.
El guardia llamó a la puerta, que se abrió sola. Le oímos murmurar desde dentro y tras su voz, una más dulce. Fue como si miles de pájaros envolvieran mis oídos con una melodía que no me era desconocida, y por un momento olvidé donde estaba. El encanto tan solo fue roto por la áspera voz del guardia, que nos instaba a pasar.
—Sera Edgard y Lide Ehlton, del sur de Mireas—anunció el guardia, descubriéndonos tras su espalda.
El oír nombrar a mi pueblo me revolvió el estómago y tardé en dar los primeros pasos. Quién sabe si algún día podría volver a verlo, de momento tendría que contentarme con ver lo que tenía delante.
El salón en el que nos encontrábamos suponía que sería una estancia de ocio para la princesa y sus damas. Estaba todo dispuesto para su entretenimiento: pequeñas mesas con té y pastas, enormes cojines de descanso, una modesta biblioteca... y al fondo, ellas. El puñado de señoritas más distinguido que había visto en mi vida. Cuando Sera y yo nos acercamos, todas se reunieron alrededor de la que supuse que sería la princesa y nos miraron expectantes. Tan solo había visto pinturas de la princesa cuando era pequeña y mamá me enseñó lo poco que sabía sobre la familia real y su corte. El Rey, Egeas III era alto y de espalda muy ancha, poseía el porte y distinción que se espera de un rey, o al menos lo poseía en las pinturas que me enseñó mamá por aquel entonces. La Reina, Deana, tenía la mirada severa pero sonrisa afable y su pequeña y única hija, la heredera al trono del reino de Termas, tenía los ojos de su padre y la misma sonrisa de su madre. Recuerdo que me hicieron gracia sus pequeños hoyuelos, aunque no distinguí ninguno en las damas que tenía delante de mí esta vez, ya que ninguna sonreía.
Cerré los ojos y suspiré, a la par que seguía acercándome junto con Sera.
—¿Estas son?—preguntó la que yo suponía que era la princesa.
No me pareció el saludo más correcto, aunque supongo que no esperaba otra manera de dirigirse a unas simples doncellas. Además, ¿qué protocolo podía seguir si estaba en la más inmensa intimidad rodeada de damas que no osarían juzgarla ni contrariar su comportamiento?
Sin embargo, de detrás de ella surgió otra chica, que al contrario que el resto de damas, no iba ataviada con un enorme y aparatoso vestido de seda, ni suntuosas y carísimas joyas de oro. Su peinado no tenía bucles elaborados ni estaba adornado con flores, como el de todas las demás. Vestía un traje de amazona: una camisa de lino blanco, suelta y unos pantalones del color de las cortezas de árbol.
—Bienvenidas a mi corte—saludó—soy la Princesa Alia.
Reconocí en ella esa voz dulce que me había arropado antes de entrar en la sala... y los hoyuelos de las pinturas de mamá. Sonreía de una manera sincera, afable y por un segundo solo me quedé mirando sus labios, incapaz de llevar mis ojos a otro sitio que no fuera ese.
—¿Son mudas o qué?—volvió a repetir la dama que había confundido con la princesa Alia.
La princesa dirigió una mirada hacia ella, alzando una ceja levemente.
—Quizá quieras presentarte—le dijo, y esbozó una sonrisa cómplice—después de todo, vamos a convivir juntas mucho tiempo.
—Está bien—contestó su dama, levantando ligeramente la cabeza mientras poco a poco iba frunciendo su ceño—mi nombre es Eda Serphos, de la familia Serphos, los guerreros del norte. Mi padre es el general Erias Serphos, quién a llevado varias veces a nuestro reino a la victoria.
La dama se cruzó de brazos y nos miró con una sonrisa de suficiencia. Sera se inclinó brevemente ante ella, mostrando congoja y respeto, coloreando ligeramente su rostro de rojo. Yo fruncí el ceño, igual que ella, y tan solo bajé levemente la cabeza, bajo la mirada divertida de la princesa.
Eda sacudió su larguísimo pelo color del ébano y dio dos pasos hacia atrás para sentarse en uno de los cojines, con pose aburrida. Una segunda dama se adelantó hacia nosotras, esta tenía el cabello rizado, de un color rojo intenso, como una puesta de sol. Su sonrisa era amable, aunque nerviosa.
—Yo soy Eboninne Geas, de la familia Geas, los soldados de las Montañas Rocosas. Mi padre es Cretos Geas, uno de los comandantes de las tropas del Rey y mi madre es la hermana de la Reina Deana, esposa del Rey.
Ambas inclinamos la cabeza y Eboninne volvió a sonreírnos. Rozó con cariño la mano de la Princesa mientras esta le devolvía el gesto con la misma dulzura. Las primas parecían tenerse mucho respeto y admiración.
Una tercera dama se presentó, mucho más imponente y seria que las otras dos. Medía un palmo más que las demás y su pelo tan solo le rozaba las orejas. Su mirada era severa y sin lugar a dudas denotaba que estaba incómoda con esta especie de protocolo innecesario. Se trataba de Geraldine Grifos, de la familia Grifos, los herreros del sur. Abastecían de armas a toda la región y pensé que su familia no podía ser otra. Su expresión era tan dura como el filo de cualquier espada forjada por su padre.
—Íbamos a salir a dar una vuelta por las inmediaciones de palacio, acompañadnos—ordenó la princesa, y rápidamente Sera y yo asentimos.
Ninguna de las dos habíamos sido "entrenadas" en lo que un buen sirviente debe ser, pero sí sabíamos las reglas principales: asentir y obedecer a la princesa en todo. Aquello había sido una invitación velada, pero una orden después de todo. Salimos tras la princesa y tras nosotras, sus damas. Nosotras debíamos estar lo más cerca posible de ella, por lo que pudiera antojársele.
Los jardines de palacio eran enormes, llenos de árboles frutales, flores y pequeños setos con formas diferentes. Al final, unos bancos de piedra con intrincados dibujos sobre los que nos sentamos mientras escuchábamos el cantar de los pájaros de fondo.
—¿Y bien? ¿Has decidido ya?—preguntó Eda cuando la Princesa tomó asiento. Con una mirada afable indicó que nosotras también podíamos sentarnos junto a ella.
—Aún no—contestó sin dejar de mirarnos.
—Pues hazlo, tu madre no es una mujer paciente—siguió Eda, mientras atusaba su cabello desde el banco de enfrente—querrá saber qué pretendiente has escogido para casarte. Quedan seis meses para tu coronación y aún no se ha preparado nada.
—Mi prima aún está meditando—la defendió Eboninne—debe escoger con cabeza a su futuro marido... y Rey del reino de Termas. No es cualquier cosa.
—¡Bastante que han dejado que elija!—se quejó Eda—quizá su madre pierda la paciencia y decrete para ella el pretendiente que quiera. Al fin y al cabo y como bien dices, querida Ebonnine, no es cualquier cosa. Se trata del futuro Rey.
La Princesa Alia parecía divertirse con mi cara de desconcierto, aún más cuando me sentía tan observada por su parte. Sin embargo y aunque quería disimular haciendo ver que no prestaba atención a su conversación, no podía quitar mi vista de sus hoyuelos, ni de sus ojos verdes. En la sala de ocio no había podido contemplarlos como ahora, dos brillantes esmeraldas a la luz del sol, confundiéndose con la hierba fresca de aquel enorme jardín lleno de flores.
—Alia, ¿me estás escuchando?
—Un pretendiente, mi madre furiosa, el futuro Rey...
Puso los ojos en blanco y luego los rodó en dirección a Eda, que se había puesto roja de indignación. No pude evitar llevar una mano a mi boca para ocultar una risita.
—No me gusta ninguno de los caballeros que han elegido para mí—contestó—sin embargo sí soy consciente de que no puedo seguir evitando a mi madre. Ha dispuesto un plazo.
Las tres damas la miraron sorprendidas y quizá ilusionadas. Les encanta la idea de una nueva celebración, algo que las saque de la aburrida vida de palacio. Sin embargo Alia no parecía tan complacida.
—Pues cúmplelo—sentenció Geraldine.
Fue como si hubiera puesto una soga en el cuello de Alia.
Quizá la vida de princesa no era más agradable que la de una doncella.




Los días pasaron y me fui acostumbrando a la vida de palacio. Sera y yo nos levantábamos temprano para asearnos, desayunar y preparar el desayuno de la princesa y sus damas. Siempre lo servíamos en la sala de ocio, donde pasaban la mayor parte del día. Poco a poco íbamos conociendo a cada una de ellas, sus gustos y lo que no les gustaba tanto y la convivencia fue haciéndose cada vez más distendida.
Pensé que quizá podía llegar a vivir con la idea de que sería una doncella toda la vida. Al menos tenía comida caliente y un sitio blando sobre el que dormir, sin embargo todo cambio la mañana en que la Princesa tomó su decisión y se anunció a toda la corte. Después del llamado real y el anuncio del Rey, la Princesa desapareció. Sus damas estaban demasiado ocupadas celebrándolo con los demás miembros de la corte, entre ellos fornidos caballeros solteros al servicio del Rey. La celebración era abrumadora, incluso Sera había entablado conversación con el resto de sirvientes y participaba del regocijo. Si esto era así en privado, no quería ni pensar lo que sería el día en que todo fuera oficial de verdad. Me agobiaba el ambiente y el ruido. Salí de la sala con disimulo aunque sin sentirme culpable, después de todo mi sitio estaba siempre con la Princesa, y esta había desaparecido.
Levanté mis pesadas faldas para caminar hasta el jardín, bajo la atenta mirada de los guardias. La música se fue atenuando conforme me alejaba y entraba en aquel paraje lleno de flores y frutos. No me equivocaba al pensar que estaría sentada en uno de los bancos de piedra, al amparo de las enormes antorchas que yacían clavadas en la tierra.
—¿Os encontráis bien, majestad?—pregunté con cautela.
La Princesa levantó la mirada y sus enormes ojos verdes me traspasaron. Había estado llorando, aún quedaban restos de congoja en su nariz colorada. Incliné la cabeza en una petición de permiso silenciosa, y me senté a su lado.
—Imagino que adivinarás que no estoy contenta con esta fiesta—comentó sin mirarme.
—Apenas se os nota—le sonreí.
Me satisfizo escuchar su melodiosa risa, acariciando mis oídos.
—No estoy segura de querer casarme—me confesó y me sorprendió que lo hiciera. Después de todo, era algo que bien podría compartir con sus damas, no con una simple sirvienta—y mucho menos con alguien a quién no amo. Sin embargo soy la Princesa, y nunca haré algo contrario a lo que se espera de mí. A lo que el Reino espera de mí.
—Y por eso os amarán, princesa—contesté—porque hacéis lo que se espera de vos por el bien del reino.
La Princesa Alia me miró más segundos de lo que cualquier otro miembro de la realeza miraría a una humilde doncella. Como si quisiera ver a través de mí y desentrañar algún tipo de secreto que ni yo misma conocía. Aproveché para fijarme en ella como no había podido hacer en presencia de toda la corte que la rodeaba. Sus labios eran de un rojo demasiado intenso, a juego con el sencillo rubor de sus mejillas. Su rostro, enmarcado por los frágiles bucles de su cabello castaño, era blanco y resplandeciente como su castillo. Era pura. Y de algún modo no me gustaba que sufriera así.
—No me amarían si supieran que a veces me siento egoísta y lo único que deseo es huir lejos con quién realmente ame y me ame—suspiró—alguien con quién de verdad quiera pasar mi vida, incluso si eso me lleva a no reinar jamás. De buena gana dejaría toda esta vida llena de lujos y comodidades. Pero... me debo a ellos, no podría ser de otro modo pese a mis más profundos deseos.
Su boca se cierra y se abre con delicadeza, con suavidad, con los movimientos que se esperan de una princesa.
—Muchos de nosotros tenemos profundos deseos que no podemos confesar...
Me mira, curiosa. Y me arrepiento al instante de haber dicho eso.
—¿Y cuál es tu profundo deseo, Lide Ehlon?
Me sorprendo al comprobar que se acuerda de mi nombre, y agradezco que mi vergüenza no se note en noche cerrada.
—Yo...
—¿Sí?—me apremió. De verdad estaba interesada.
—Siempre he querido ser cazadora. Vivir de mi caza en el bosque. Tranquila, sin más pretensiones que tensar mi arco en busca de presas.
La Princesa suspiró.
—Supongo que yo te he impedido cumplirlo...
—No es culpa vuestra, Princesa—y noté que de verdad lo sentía así—nuestro destino es el que es. A veces no tiene en cuenta lo que deseamos.
Algo en lo que dije caló en su interior y sus ojos de esmeralda se encendieron, refulgiendo más que las propias antorchas que nos alumbraban esa noche. Poco a poco fue acercándose a mí, oteando sin reparos cada parte de mi cuerpo. Su mano, de largos y finos dedos, se posó sobre la mía en un grácil movimiento. Tragué saliva sin dejar de mirarla y en un segundo me descubrí sintiendo el suave tacto de sus labios sobre los míos. Al principio mantuve mis ojos abiertos, pero conforme la Princesa movía su boca contra la mía, no refrené el impulso de cerrarlos... y corresponderla. El beso solo duró unos segundos, pero los suficientes para remover todo mi interior.
—Ojalá se nos permitiera siempre hacer lo que quisiéramos... porque de ser así, lo repetiría.
Mi rostro se encendió a la par que iba vibrando el resto de mi cuerpo. No sabía qué significaba todo aquello o si estaba bien o mal, en ese momento no me importaba. Solo sabía que mi cuerpo había respondido a algo que le había gustado, y que esa noche no iba a poder borrar esa imagen de mi mente. Ni de mis sueños.

Alia me sonrió. Y de nuevo, me perdí en su sonrisa.

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