miércoles, 27 de abril de 2016

En tierra de magos...

Una espesa neblina verde comienza a rodearnos a medida que avanzamos por el bosque. Aquella melodía que salía de la ocarina invisible aún seguía resonando en mi cabeza, si era una bienvenida esperaba que fuera hospitalaria.
No me equivocaba al decir que había una ciudad cerca. Cuando llegamos a la linde del bosque aparecieron frente a nosotros decenas de casitas hechas de madera o paja, construidas sobre suelo empedrado. Dunham hizo ademán de quitarse el gorro de la cabeza, pero lo detuve. Si algún mago era contrario a los de nuestra raza, de un solo ataque pasaríamos a ser parte de la hierba del bosque y ni siquiera los gusanos podrían sacar provecho de nuestros restos.
Paseamos nerviosos por entre las casas, de las que no salía ni un alma. Ni tan siquiera el humo de un buen fuego para la comida que a estas horas tan bien nos sentaría. Llevábamos sin comer durante mucho tiempo, y aunque nuestra raza era más resistente que la de los humanos, pronto llegaríamos al límite.
—No me atrevería a pedir nada de comer por aquí—dijo Dunham, mirando a su alrededor—será mejor que pasemos de largo cuanto antes para encontrar un territorio más amistoso que este.
—¿No quieres preguntar?—susurré.
—Estoy seguro de que nadie podría darme ninguna indicación sobre su paradero.
Suspiré. en cierto modo quería retrasar su encuentro, pero otra parte de mí no podía ser tan egoísta. Quería verlo feliz y para él la felicidad era ella. Su vida giraba a su alrededor y todo lo que hacía, hasta el más ínfimo de sus movimientos, era para encontrarla. Cuántas veces habré querido estirar mi mano y rozar sus dedos o que al menos dedicara algo de tiempo a mirar mis ojos, de los cuales seguro que no sabía ni su color. Sin embargo me dedicaba a seguirle hasta que pudiera cortar el hilo que le ata a mi corazón o hasta que encontremos a nuestro maestro y poder vengar lo que le hicieron.
Haber pasado tantos años con Dunham entrenándome para ser guerrera, hacía que pudiera adelantarme a sus movimientos. Sabía que no querría detenerse hasta tener otra pista, aunque eso le costara el aliento. Pero pese a ello, no podía dejar de seguirle.
De repente una muchedumbre sale de la nada, atajándonos por la calle en la que caminábamos a paso lento. Seguían a cuatro magos que llevaban un bulto con ellos, un bulto que se retorcía y gemía y el cual tenían bien sujeto. La muchedumbre comenzaba a gritar y espolear a los cuatro magos mientras encendían algunas antorchas para ver mejor a la par que el sol iba cayendo tras las montañas. Intenté ponerme de puntillas sin éxito para ver a qué tanto alboroto.
—¿Qué ocurre?—preguntó Dunham, impaciente, a uno de los magos que lanzaba chispas al aire desde sus dedos, animando al gentío.
—¡Día de caza!—exclamó.
—¿Día de qué...?
Me arrepentí al instante de haberlo dicho tan alto, pues llamé la atención del mago, que nos escrutó con sus diminutos ojos.
—Extranjeros—confirmó con desdén—esto es un rito privado de magos, estaría bien que saliérais de aquí. ¿Qué sois? ¿Humanos? ¿Selfos? ¿Semicriaturas?
Ni siquiera pronunció el nombre de nuestra raza.
—Eh... selfos—apuntó Dunham con destreza, pues eso nos daría la excusa para llevar los gorros en la cabeza.
Al mago pareció convencerle, pero no dejó de arrugar su nariz picuda.
—El Día de caza es un rito que se hace una vez al mes, donde se quema a un alma pura para aspirar el humo que limpiará nuestros cuerpos y aumentará nuestros poderes. Solo es apto para magos, ¡largaos de aquí!
Miré con pánico hacia el pobre bulto que se retorcía y gritaba, sin nadie que pudiera ayudarle. Me apoyé en la manga de Dunham para tomar impulso y ver entre las miles de cabezas y gorros de mago que se alzaban ante mí, pero no alcancé a ver el rostro del pobre diablo apresado por todas estas personas sin corazón alguno.
Sin embargo, cuando miré hacia Dunham y comprobé la palidez de su piel, no me hizo falta nada más para saber quién era ese alma pura que perecería en el fuego... Meria.

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