jueves, 9 de junio de 2016

El callejón

Si das un paso más... estás muerta.




Aún no sé cómo he llegado hasta esta calle, pero me asusta ver que solo estoy cubierta con una sábana blanca. Me levanto como puedo, asustada, resbalándome con las frías y mojadas piedras sobre las que piso. No conozco este lugar ni recuerdo nada de lo que ha ocurrido antes de que apareciera aquí. ¿Dónde estoy? ¿Me ha traído alguien? ¿He venido por mí misma? Descarto la última pregunta, yo jamás hubiera venido hasta este oscuro lugar. Me daría miedo, mucho miedo. Tanto como el que siento ahora mismo.
Debajo de la fina sábana no llevo ningún tipo de ropa y nace en mí el temor de que alguien me haya hecho algo y me haya tirado en este sitio como a un despojo. Me exploro con cautela, todo parece en orden y aunque siento ganas de llorar me contengo todo lo que puedo, tengo que salir de aquí. Muy despacio doy pequeños pasos en dirección al final de la calle pero no hay salida. Sin embargo al darme la vuelta vislumbro una sombra que se alarga hasta mí como un fantasma y mi pulso se acelera. Mierda. No le he oído venir, no ha bastado ni un segundo para que alguien me encontrara. ¿Es amigo o enemigo? ¿Vendrá a ayudarme o...? En el tiempo que pienso en cómo reaccionar, mi cuerpo ya ha tomado la decisión de retroceder. La sombra se acerca, descubriendo una figura oscura que da grandes zancadas para alcanzarme. Es un hombre desaliñado, con la ropa sucia echa jirones. Sostiene una botella de vodka en la mano derecha y le cuesta mantener el equilibrio.
—Hola, preciosa, ¿estás sola?
No logro contestarle. Me gustaría imponerme, asustarle de algún modo o al menos huir... Pero, aunque veo la salida detrás de él, sé que no me será tan fácil zafarme. Cada vez está más cerca y sé que no lograré resistirme por más precario que sea su estado: podrá conmigo. Rezo para que lo que tenga que pasar, pase pronto.
Cuando cierro los ojos y ya casi siento su aliento pútrido sobre mí, escucho pasos a lo lejos. No sé si serán mi salvación o mi condenación. Si es mejor que vengan o pasen de largo. Ya poco puedo decidir. Sin embargo el olor de aquel individuo me abandona de pronto y abro los ojos. Ahora se encuentra tendido en el suelo y solo hago a tiempo para ver como un halo de luz blanca surge de su boca para desaparecer.
Mis ojos vuelven a acostumbrarse a la oscuridad de aquel callejón y veo por fin a la dueña de los pasos de antes. Hay una chica frente a aquel hombre que yace en el suelo sin moverse. Le mira con asco y respira hondo antes de levantar su mirada hacia mí.
—¿Estás bien?—pregunta ansiosa.
Asiento como puedo, el miedo me ha paralizado.
—¿Es que nadie te ha dicho que no es inteligente ir danzando por estas calles en mitad de la noche vestida con una sábana blanca?—resopla indignada—¿tienes idea de lo que pensaba hacerte ese tipo?
—No...—intento balbucear—... no sé cómo he llegado hasta aquí.
—Seguro que no—está furiosa.
—¡Pues claro que no!—el miedo me abandona de pronto para dar paso a la ira, ¿me está culpando a mí?—¿crees que me encanta pasear en mitad de la noche con estas pintas y ser susceptible de que algún depravado me haga daño?
—Siempre has sido una imprudente—contesta.
Ambas nos miramos sorprendidas. Ella parece haber notado que ha hablado de más y yo me inquieto por lo que acaba de revelarme, ¿acaso me conoce?
—Vamos, te llevaré a un lugar seguro—susurra sin mirarme a los ojos.
—Quiero ir a casa.
—Ahora "casa" no es un lugar seguro—contesta tajante.
Más que una advertencia, no me da opción a elegir. No me dejará ir a casa y no sé el porqué. Pero... parece tener respuestas a lo que me está pasando o al menos, es la única de por aquí que puede ayudarme. De momento.
—¿Y cómo sé que contigo sí que estaré segura?
—Acabo de salvarte de un degenerado, algo dirá a mi favor, ¿no?—de pronto sus ojos se tiñen de preocupación.
Se acerca, peligrosamente. Entonces la veo mejor. Es mucho más alta que yo y bastante más proporcionada. Admiro sus curvas con envidia y me reprendo por tener tiempo de envidiar algo así en esta situación. Pero es guapa, mucho. Su largo pelo negro recogido en una coleta ondea al compás de la suave brisa que se levanta entre nosotras.
Me coge la mano, y mi pulso se acelera, pese a que en el fondo creo que de verdad no quiere hacerme daño.
—Confía en mí—me pide—ahora no es momento de hablar, pero te lo contaré todo.
—Prométemelo—suplico. Es ahora cuando noto todo el peso de lo que está pasando y creo derrumbarme.
—Te lo prometo.
Y la creo.
—Solo una cosa más—advierto, y ella me mira con toda su atención—dime tu nombre.
—Hubo una época en que lo acompañabas con un te quiero—contesta, mientras dibuja una sonrisa triste en su rostro—Sáfora. Mi nombre es Sáfora.
Durante un breve instante, creo que la recuerdo.

1 comentarios:

  1. Muy bien escrito... Me cautivó. Hasta me entró inquietud en el cuerpo.

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