sábado, 2 de julio de 2016

Nomeolvides... [3ª parte]

Lide


—¿Qué son?—pregunté mirándola con curiosidad.
Ella sonrió sin decir nada más, tan solo me miró fijamente como siempre. Daría lo que fuera por estar en sus pensamientos cada vez que lo hacía.
—Nomeolvides—contestó tendiéndome la flor, la cual cogí con delicadeza—son las flores del amor eterno, del amor desesperado y leal.  Cuenta la leyenda que en la antigüedad, un caballero de esta corte paseaba con su amada a las orillas de un río de corriente muy fuerte. Estas pequeñas florecillas azules nacían justo en el borde y ella le pidió que le recogiera algunas. Al acercarse, el caballero resbaló y cayó al río. Antes de que la corriente se lo llevara y consumiera su vida para siempre, agarró un puñado de esas flores y se las lanzó a su amada al grito de "no me olvides". Desde entonces es así como se llaman.
La historia me había enternecido tanto que no sabía que más añadir, pero Alia lo interpretó perfectamente y no dijo nada más. Me comprendía. Para nosotras los silencios no eran incómodos, sino una oportunidad de disfrutar de la otra mientras oíamos a nuestros pensamientos llamarnos. Guardé la flor en el bolsillo de mi delantal y posé mi mano sobre la suya mientras contemplábamos la puesta de sol que nos decía en silencio que era hora de volver a palacio.
Quería quedarme ahí para siempre, en silencio, con ella en aquella colina que guardaba nuestros secretos. Pero no era posible... y cada vez era más difícil.

Cuando dejamos el caballo en los establos, nos despedimos antes de llegar al patio que separa los aposentos reales de los aposentos de los criados. Su beso fue dulce, como todos los que me había dado, pero esta vez yo me había agarrado a ella con más fuerza, anhelando que no se fuera. 

Que llegara el día en que no tuviera que despedirse.





Alia

Aún estaba impregnada de su olor, dulce. Un olor que quería tener siempre reconfortándome, porque me hacía sentir segura, que no estaba sola y que realmente había alguien que me quería y que lo hacía por mí, no por quién yo era.
Pensaba que si hacía acopio de valor por fin podría decirles a mis padres que mi intención no era ser heredera al trono, o al menos no serlo casándome con quién ellos dispusieran y no con quién yo realmente amase. Entonces, cuando eso sucediera, por fin podría pasar con Lide el resto de mis días, fueran los que fueran.
—¡Ajá!
Su voz retumbó en las paredes de mármol y me llevé una mano a las sienes, cansada.
—¿Dónde has estado?—me increpó Eda.
—Hola, buenas tardes, ¿cómo estás hoy? Muy bien, Eda, muchas gracias—contesté en tono de burla.
—¿Buenas tardes?—siguió—di mejor buenas noches, ni siquiera has estado presente en la cena.
—No sabía que la princesa tuviera que dar explicaciones—mi mirada fue severa—y ahora si me disculpas...
Pasé a su lado rozando su imponente vestido azul de seda, sin embargo no dejó que diera un paso más. Me cogió fuertemente por el brazo y me dio la vuelta. Aquel gesto la sorprendió incluso a ella, quien por un segundo reflejó el asombro en su rostro. Luego volvió a fruncir el ceño, visiblemente enfadada.
—Llevamos días sin verte por las tardes, ¿qué es lo que te pasa? Lo único que haces es tus tareas por las mañanas y luego desapareces con esa sirvienta tuya y no volvemos a verte hasta la noche. Podemos compartir contigo lo que sea que vayas a hacer al bosque, ¿o ya no somos suficientes para ti?
Aquella última frase fue como un bofetón en la cara, que giré, dolida. Nunca he sido una persona que se enfade con facilidad, aunque hacía años era una princesa caprichosa que se exaltaba por nada. Una vez, Ebonninne me acusó de haberme comido un pastelillo y me apretó fuerte el hombro, indignada. En aquella ocasión la miré furiosa y la aparté de un empujón, haciendo que cayese a la fuente del jardín y por consecuente, después le subiera la fiebre. Cuando vi a mi prima tan mal, me arrepentí al instante de lo que había hecho y solo fue el principio para aprender que no es eso lo que hacen las buenas princesas.
Pero esto era diferente. No era un pastelito ni teníamos ocho años. Me había gritado y me había girado de un manotazo pero no era eso lo que me había enfadado. Yo no iba a alzar la voz, ni a darme la vuelta sin encarar lo que estaba pasando. Y lo que pasaba, lo que me enfadaba... es que todo esto estaba sucediendo por culpa de estar obligada a casarme con quién no quiero. De estar enamorada de quién no debo. De tener que estar ocultando lo que realmente siento. 
—No... no es eso—logré contestar.
—¿Ah, no? ¿Y qué es? Porque no sé qué es lo que hago aquí en calidad de dama de compañía sino tengo una princesa a la que acompañar.
—Lo siento, pero... por ahora no puedo contártelo.
—¡Siempre nos has contado todo!
—¡Pues ahora no puedo!
—¿AH, NO?
—¡NO!
Eda suspiró.
—Tu... madre se está dando cuenta—me advirtió.
Toda la furia que empezaba a formarse en mi interior disminuyó al instante. Estaba protegiéndome. Estaba preocupada por mí. Y si mi madre se daba cuenta de lo que estaba sucediendo... esta aventura terminaría más pronto que tarde, con final amargo.
—Sea lo que sea que esté pasándote, Alia... acábalo de inmediato.



Lide


Me levanté temprano, con una sonrisa dibujada en el rostro. Quería ser la primera en usar la tina de la que disponíamos para bañarnos todos los sirvientes y así estar lista antes que los demás. Tenía que llegar antes que nadie para despertar a Alia y poder darle un pequeño beso antes de comenzar el día. Algo con lo cual resistir mis impulsos de abrazarla toda la mañana hasta que tuviéramos ese ratito privado por la tarde. 
Me acicalé bien y palpé el nomeolvides que aún seguía dentro del bolsillo de mi delantal. Cuando salí hacia el pasillo aún no había mas que un par de guardias del turno de mañana patrullando. Los saludé con la misma sonrisa con la que me había levantado y uno de ellos me guiñó un ojo, cómplice. La piedra pasó al mármol y supe que por fin había llegado a la zona de los aposentos reales. Al fondo del pasillo una enorme puerta de roble pintado escondía los aposentos de los reyes tras ella, y antes, otra puerta un poco más pequeña, contenía la habitación de Alia. Abrí con delicadeza y me escabullí dentro. Suspiré, contenta de ser su criada, porque nadie sospecharía de mí. Cualquiera que entrara comprobaría que solo vengo a despertar a la princesa y ver qué se le ofrece antes de bajar a desayunar y comenzar sus tareas rutinarias. Alcé las cortinas y el fino sol del amanecer penetró por la ventana, iluminando su cama. Me giré despacio, acercándome a ella, que aún dormía. No había visto a nadie dormir de ese modo, con tanta paz, tan relajada... Poco a poco fui deslizando mis dedos por su rostro, acariciándola con toda la delicadeza que fui capaz, hasta que despertó.
No pareció gustarle verme allí.
—¿Q-qué haces aquí?—preguntó con un tono más agudo de lo normal.
—Despertarte.—sonreí—Buenos días.
—No puedes estar aquí—advirtió, y saltó de la cama hasta el armario, en busca de alguna prenda de ropa más con la que taparse. Hacía frío.—¿Acaso no piensas que puedas meternos en problemas?
El tono de reproche con el que me contestó penetró dentro de mí como una aguja sobre una fina tela, no era la Alia amable y dulce que me hablaba todos los días con ese tono de voz que parecían mil pájaros cantores. Me había saltado las normas, sí, ¿pero no es eso lo que hacíamos cada tarde? ¿no me llevaba siempre a los lomos de su caballo para saltarnos las normas una y otra vez con cada beso, cada abrazo, cada enseñanza o cada escapada? Había besado a una doncella, a una mujer, y le enseñaba geografía o historia. Me tocaba a mí cruzar la línea... y no había tenido mucho éxito.
—Nadie me ha visto—me defendí—y tampoco tendrían porqué sospechar nada.
Alia suspiró. Cerró los ojos como si los párpados hubieran estado pesándole.
—Debemos dejar de vernos así.
Su frase esta vez fue como un puñal. Retrocedí negando levemente con la cabeza, incapaz de procesar aquella frase tan sencilla pero a la par tan dolorosa.
—¿Cómo?—logré articular—¿quieres que...
—... quiero que dejemos... lo que sea que sea esto.—no parecía ella, estaba alterada, había abandonado su porte de princesa y su dulzura de amante—Tenemos que dejar de ir a la colina, las escapadas... todo.
Realmente parecía agotada y mi preocupación se transformó en desesperación. ¿Qué pasa, Alia? ¿Por qué tengo la sensación de que algo ha cambiado y estás ocultándomelo? ¿Por qué no me lo cuentas?
—Pero... queda una semana para que se anuncie oficialmente tu compromiso... dijiste que...
—¿Qué?—me increpó, furiosa—¿creiste de verdad que podría convencer a mis padres? ¿que me dejarían abandonar el trono sin más y que podría irme contigo a lomos de un caballo para vivir nuestra vida? ¡No fueron más que ilusiones!
A medida que hablaba, iba reconociéndola cada vez menos.
—Alia... ¿qué es lo que...
—Soy una princesa, deberías dirigirte a mí como tal.
Giró sobre sus talones y me dio la espalda y agradecí que lo hiciera, pues no quería mostrarle mis lágrimas. Unas lágrimas que luchaban por poder salir a borbotones de mis ojos y caer a placer hasta el suelo.
—Como gustéis, alteza.



Alia

Cuando oí la puerta cerrarse me desmoroné. Caí sobre la cama como si fuera un enorme bloque de hielo y sentí todo el peso de las palabras que le había dicho a Lide minutos antes. Del dolor que sentiría ella al oírme pronunciarlas. Pero era lo mejor. No podía cumplir lo que le dije en la colina, no podía hablar con mis padres sin más para decirles que abandonaría el trono y me marcharía con una doncella. Nunca lo permitirían.
Solamente Eda fue capaz de traerme a la realidad y sacarme la ensoñación de la cabeza, ella, con sus palabras, me advertía secretamente del peligro: si me enfrentaba al rey y a la reina, mi sentencia... y la de Lide, sería la muerte. Antes me dejarían morir que vivir con la deshonra de una hija que renuncia al trono por una doncella, por una mujer.
Lo único que me dolía de todo era no poder estrechar a Lide entre mis brazos y decirle que seguía amándola con cada aliento. Que ella era una de las razones por las que seguir adelante con este peso sobre los hombros, por las que sentirme por fin amada por mí misma. ¿Qué otra solución habría? ¿Era una cobarde por no buscarla? Solo quería proteger a Lide. Solo a ella.

Me aseé rápidamente y busqué mis ropas. Sabía que mis doncellas y mis damas estarían esperándome en la sala de ocio, pero no tenía ganas ni ánimo para presentarme ante ellas. Prefería prescindir del desayuno esa mañana y dar una vuelta por los jardines para tener un poco de paz y lidiar con mis demonios. Lide, amor mío, he dejado de negar que te amo desde hace tiempo, ¿podrás perdonarme? ¿podrás entender por qué hago todo esto?

Los jardines me recibieron con cánticos y las primeras gotas de rocío de la mañana. No esperaba que aún hubiera nadie ocupándolos, pero reconocí dos figuras sentadas a lo lejos, sobre los bancos de piedra tallada. Aún me costó un momento darme cuenta de que una de las figuras era mi prima Ebonnine, ruborizada y entusiasmada, entrelazando las manos con un caballero al que no supe reconocer. Intenté recordar su cara de algún baile, de algún evento de palacio... pero no lo recordaba. No había grabado en mi mente sus ojos claros ni los bucles castaños que enmarcaban su rostro moreno. Tampoco me extrañaba, pues tras los bailes, me encargaba de borrar de mi mente cualquier rastro de ellos. Los detestaba.
El caballero se levantó, depositando un dulce beso sobre la frente de mi prima, dejándola sola en el banco mientras le veía alejarse hasta el interior del palacio. ¿Quién era aquel caballero de ropas claras y rostro oscuro? ¿Era la razón por la cual mi prima parecía haber estado en otro sitio todo este tiempo? Sin decir nada, me senté junto a ella silenciosamente e ignoré su cara de sorpresa y terror cuando vio que lo hice. Esperé pacientemente a que reaccionara y me lo contara.
—Por favor, no digas nada—me imploró.
Le sonreí todo lo que fui capaz, aunque mi sonrisa ya no llegara hasta las orejas.
—¿Es él?
Ella entendió mi pregunta, y asintió.
—¿Por qué no has querido contárnoslo?
Su rostro se descompuso y supe que algo se me escapaba. Fue como si mi prima esperara algo de mí que no hubiera encontrado. Entendía que no quisiera contárnoslo porque Eda y Geraldine podían ser muy insistentes con el tema, pero, ¿era esa la razón real? Su expresión me decía que no, pero yo no alcanzaba a comprender.
—Lo has visto—susurró sin aliento, desesperada—sabes lo que es.
—Ebonnine...
Antes de que pudiera terminar la frase volví a colocar la imagen de aquel joven en mi cabeza, y por fin lo comprendí. Era curioso (y macabro) hasta qué punto podíamos estar conectadas mi prima y yo. Hasta que punto nuestros corazones solo querían amar y ser verdaderamente amadas.
Mi prima se había enamorado de un sirviente. Y ojalá hubiera tenido la fuerza necesaria para decirle que era lo correcto.

2 comentarios:

  1. Es precioso, todo lo que escribes es muy muy bonito Bella

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  2. Ooooh, muchísimas gracias, María ^^ Me alegra que te guste :)

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