martes, 2 de enero de 2018

El camino

ANTES

—Está muerto—decido.
—¿Segura?
—Se supone que cuando a alguien no le late el corazón ni respira... es que está muerto. Pero quizá me equivoque—respondo con sorna.
Sarder no dice nada. Gruñe algo para sí mismo que no logro comprender y se da la vuelta para comenzar a caminar colina abajo, sin tan siquiera decidir si vamos a dejar ahí el cuerpo. Yo no voy a decidirlo sola, si no quiere a ayudarme no voy a mancharme las manos con la sangre de un desconocido que no me importa lo más mínimo. Elijo seguirle, a dos pasos por detrás de él.
—No podemos continuar vagando por estos caminos, como ves... es peligroso—dice cuando nota que ya estoy a la altura suficiente como para escucharle.
—¿Y qué propones?
—Deberíamos acortar por Misadhael.
—¿Estás loco? ¿La región de los enanos? Una vez pongamos el pie dentro tendré lo menos doce manos sobándome las tetas. Son lascivos y no respetan. No pienso meterme ahí, porque entonces sí tendríamos una carnicería.
—No voy a dejar que te toquen.
—No necesito que dejes que me toquen, yo seré quién no les deje.
Sarder ríe por lo bajo y se para. Casi choco contra él. Se da la vuelta poco a poco y me lanza una mirada que no sé interpretar. Sus profundos ojos grises escudriñan mi rostro buscando algo que no encuentran, pues enseguida aparta la mirada.
—Es bien sabido que no nos conviene meternos en líos, pero no tenemos otra opción. Estos caminos han dejado de ser seguros... acortar por la región de los enanos nos permitirá mezclarnos un poco. Casi nadie vaga por esas tierras, los enanos no tienen riquezas y son sucios. Nos vendrá bien seguir por ahí.
—Como quieras, pero al primero que me toque se quedará sin mano.
Sarder pone los ojos en blanco, pero antes de que vuelva a darse la vuelta, veo que está sonriendo.


***

AHORA

Me sobresalto al escuchar al gallo. El amanecer me apremia para que emprenda de nuevo la marcha, antes de que cualquier otro caminante se ponga en pie. Hace años los senderos no eran seguros, pero mucho menos lo son ahora. Salgo aprisa del establo en el que había pasado la noche. Los dueños de la granja a la que pertenecía no estaban en casa... o estaban muertos. No quería arriesgarme a pasar la noche en aquella casa, así que me instalé en el establo y me escondí entre las pocas pajas que quedaban y que supuse que alguna vez habrían pertenecido a algún caballo.
Cargo mi mochila al hombro y noto como cada día que pasa va pesando menos. Cada vez tengo menos víveres, menos ropa y menos dinero. Y también menos ganas... Por las noches me acuesto pensando si será la última y si me levantaré al día siguiente. Estoy sola y he perdido las ganas, y de esto último hace años que tengo la certeza.
Todas las personas a las que alguna vez consideré mis amigos... mi familia... han muerto o me han abandonado. A decir verdad todos murieron y la única persona que me abandonó, fue Sarder.
En realidad le abandoné yo a él.
Hace diez años habíamos llegado a Misadhael, la región de los enanos. Por aquel entonces solo era una chiquilla de quince años y él ya me pasaba la edad por seis años más. No estaba interesada en él como un compañero sentimental, ni siquiera quería acostarme con él. Pero sí era para mí un compañero de aventuras... un camarada. Y en mi interior era mucho más importante que cualquier otra relación que pudiera tener con él.
Los primeros días descansamos en una taberna cuya dueña era una enana gorda y gruñona a la que solo le interesaba comer cerdo y cobrar. Pudimos permitirnos una habitación para ambos en la que trazábamos las mil maneras de intentar atravesar la región sin acabar siendo dos cadáveres sobre la grava y la arena. Pero conforme pasaban los días y las semanas, Sarder perdía las ganas de salir de allí. La tabernera parecía haberse interesado por él y le colmaba de atenciones. Un día cerdo asado, al otro cerdo guisado... todo gratis y sin tener que compensarla con nada más que su compañía. Un chiste por su parte y la tabernera nos alojaba gratis dos días más. Un guiño y toda la semana. Sin embargo yo tenía que mantenerme algo apartaba, pues ella no gozaba demasiado con mi presencia. Además varios enanos que llegaban allí a emborracharse y llenar la barriga, habían congeniado con Sarder, y le invitaban a cacerías, fiestas e incluso a los talleres donde fabricaban sus armas. Los enanos siempre habían sido famosos por ser los mejores forjadores de hierro del reino.
Cada día que pasaba le costaba más abandonar el lugar, y nuestros planes de fuga cada vez interesaban menos.
Pero yo no podía aguantar. No me interesaba ni la tabernera ni los demás enanos borrachos y viciosos. No me interesaba aquel lugar que olía a podredumbre, sudor y orín. Lo único que quería era continuar el camino hacia un lugar seguro sin perder la cabeza mientras intentaba lograrlo. Las primeras veces intenté disuadir a Sarder, pero se hacía complicado hablar con él. Cuando no estaba borracho estaba hasta reventar de cerdo y patatas, cansado, satisfecho y sin ganas de hacer otra cosa que no fuera dormir. Mi paciencia estaba ya en su límite, y aunque me dolía pensarlo, sabía que debía abandonarle allí mismo.
Ya no tenía interés por mí.
Ya no sabía que existía.
Y yo lo único que tenía que hacer era reponerme... y seguir el camino.

Logré salir de allí sin que a nadie, ni al propio Sarder, le importara demasiado. Continué el camino hasta hoy, durmiendo en chozas abandonadas o establos. Logré sobrevivir alimentándome de sobras y esperanzas. Y entonces me llegó la noticia... Sarder había muerto.
Al fin y al cabo, todos los que alguna vez había considerado amigos... están muertos después de todo. Todos.















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