domingo, 4 de febrero de 2018

Allá donde estés


Acepté. Te dije que podría, pero no puedo. Secretamente, otra vez, me pediste que fuera la fuerte porque tú ya te habías rendido. Y acepté, dándome de bruces contra el muro una y mil veces, intentando abandonar el dolor que eso me suponía. Pero ya no puedo. Tengo que rendirme.





—¿De verdad piensas... rendirte?—pregunta Marl—¿Ni siquiera puedes seguir un poco más?

—Ya no.

—No puedes dejarle así.

—Ya es tarde, Marl. Mírale. La enfermedad sacude poco a poco su cuerpo y lo consume. Él mismo ya se ha rendido y yo... no puedo cargar con los dos.

Marl le mira de nuevo, cada vez más roto y más consumido. Cuando la Epidemia desoló el país por completo, cientos de hombres, mujeres y niños murieron en sus manos. Los científicos aún no eran capaces de dar con la solución. Un virus que destruye tu sistema en cuestión de pocos meses, rompiéndolo todo desde dentro. Primero colorea tu piel de amarillo, luego te sacuden las ampollas y más tarde te invade una tos que ya no te abandona jamás. Los músculos se atrofian, la respiración se ralentiza y al final el corazón se para. No sé en qué fase está Dred, ni cuánto le queda, pero ya está muy muy lejos de mí y no puedo hacer nada. Le prometí que estaría ahí, que jamás me rendiría pese al dolor de ver cómo poco a poco se va soltando de mi mano... pero no soy tan fuerte como creía.

—Eivy, ya queda poco. Estamos a algunas millas del lugar que nos indicaron. Quizá... quizá haya una cura.

La miro con furia.

—¡Se aferran a una estúpida esperanza! La gente necesita hacerlo. Quieren creer que alguien, en algún lugar, ha encontrado una cura para esta maldición, pero no es así. No la hay. Ya no puedo ver cómo se consume, como deja de ser él poco a poco... Y además, comienza a ser peligroso viajar con él, podría contagiarnos... dios, el virus va por el aire. ¿Quieres convertirte en una de esas cosas?

Marl gira la cabeza como si le hubiera dado un bofetón. Vuelve a mirarle, con pena y rabia pero sabe que tengo razón. Ya no podemos llevarle.

—Entonces larguémonos antes de que despierte, porque sino tendrás que dar explicaciones que no vas a soportar.

Asiento lentamente, mientras las lágrimas brotan en cascada de mis ojos al recordar. Mi mente traicionera proyecta imágenes del pasado, cuando Dred estaba sano y aún no habíamos comenzado la huida de la ciudad en busca de los asentamientos donde aún quedaba gente sana y con una posible cura. Aún seguíamos bien, teníamos energía y nos teníamos el uno al otro. Habíamos recorrido en bici toda la costa, tomado helados en el puerto y contemplado las estrellas en aquel claro del bosque que solo nosotros conocíamos. Pero todo se volvió del revés y, aunque no fue uno de los primeros en caer, supe que era el fin en cuanto su color de piel empezó a cambiar y las ampollas habían cubierto cada rincón. Al principio seguí cerca, negándome a dejar de abrazarle, de besarle o de sentirle pese a todo aquello. Pero fue apagándose y rindiéndose con el paso de las semanas. Jamás desistí, no me rendí ni un segundo, arriesgándome a contraer la enfermedad por estar tan cerca. Pero cada noche me torturaba la imagen de un Dred totalmente bien, un Dred que me abrazaba bajo el frío y me apoyaba cuando algo iba mal. Un Dred que jamás iba a volver por más que me empeñara en alargar lo inevitable. ¿Y la cura? Cruel fantasía. No existe, ni existirá, pues poco a poco nos consumimos y bajamos a un sitio del que jamás podremos salir. No... puedo... seguir... torturándome...

—¿A dónde vas?

Me giro y le veo despierto. Y sé que aunque Marl está a mi lado, me lo pregunta solo a mí. ¿Debo sentirme mal por abandonarle? ¿Debo sentirme mal por decirle adiós? ¿Por no ser capaz de atesorar con él sus últimos momentos?
Yo no soy tan fuerte. No soy tan fuerte.

—Lo siento—sentencio—no puedo seguir. Tengo que marcharme.

—¿Sin mí?

—Sin ti.

—¿Cómo...? ¿De verdad vas a ser capaz de decirme adiós?

—Tú ya me has dicho adiós hace mucho tiempo.

Se incorpora lentamente y se queda sentado, mirándome como si no pudiera creerlo. Se lleva una mano al pecho y lucho por no apartar la mirada al menos esta última vez.

—Te has rendido—sigo—y yo también. No puedo seguir dándome contra un muro sabiendo que no volverás, que nunca serás tú mismo. Que nunca te pondrás bien. Día tras día intento no consumirme, intento acallar los recuerdos de un tiempo mucho más feliz... Y tú te irás y serás afortunado, pero yo no quiero que tu imagen demacrada y marchita me persiga durante el resto de mi vida. Quiero irme ahora que estoy a tiempo.

—Está bien. No puedo pretender que te quedes. No puedo exigirte nada, cuando yo mismo me he rendido. No hay cura, nunca me repondré. No puedo reprocharte nada.

Marl llora a mi lado y hace ademán de marcharse ya. Debemos seguir nuestro camino cuanto antes.

—Ya apenas puedo moverme, así que no iré muy lejos. Si encuentras algo que me salve... ven a buscarme.

Ni siquiera le asentí, no era capaz de decirle que sí, pues eso implicaría una promesa. Y yo ya no podía prometer nada. Me di la vuelta, y muerta de tristeza, me alejé con pesar.





Seis meses después de encontrar el campamento de gente que aún resistía a la enfermedad, la Doctora Marlowe dio con una cura efectiva. Apenas tardé unas horas en ponerme en marcha y salir a buscarte. Llevaba conmigo la dosis exacta y una mochila llena de todo lo necesario para llevarte conmigo. No creí que fuera posible, no daba nada por esto, pero llevaba entre mis manos un milagro. Me aferré a una mínima esperanza de recuperarte. Era lo único que me hacía seguir paso a paso.
Cuando llegué al lugar donde te había dejado, ya no había ni rastro de ti. Contemplé el pronunciado hueco en la hierba, donde habías estado antes, y me acerqué lentamente. Sobre él una nota, una nota con tu letra temblorosa... dirigida hacia mí.
La leí con lágrimas en los ojos, guardando la cura que aferraba en mi mano y que ya no serviría. Te habías ido, hace mucho ya. No había llegado a tiempo. Y tampoco habría querido verte sucumbir.
Pero guardé la nota y aún la guardo.
Allá donde estés... yo también te quise mucho.

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